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Golpe a la derecha latinoamericana

Cómo es el mundo con el que debe convivir Javier Milei tras el triunfo de Lula en Brasil

La victoria de Lula en Brasil abre interrogantes sobre la estrategia internacional de Javier Milei, el futuro del vínculo bilateral y el impacto económico en Argentina.

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Javier Milei endureció su discurso contra el presidente de Brasil, Lula da Silva.(EFE)

La pregunta comenzó a circular por el mercado ni bien los números del rápido conteo de votos brasileños comenzaron a marcar una derrota de Flávio Bolsonaro: ¿el triunfo de Lula da Silva obliga a Javier Milei a revisar su apuesta internacional? ¿El derrumbe de los mercados de Brasil marca un nuevo estatus, establece una crisis o es solo la búsqueda de otro punto de equilibrio?

El temor se instaló por estas tierras y en un mal momento para el mundo, por las guerras sin solucionar, el precio del petróleo fuera de control y Donald Trump, que no ofrece salidas y enfrenta su propio desafío interno.

Javier Milei había apoyado a Bolsonaro y esperaba encontrar en Brasil un aliado para ampliar su influencia regional. Deberá convivir con Lula durante el resto de su mandato y, si consigue la reelección, también durante el siguiente. Ahora, la primera reacción de los mercados, por un lado, y el silencio oficial en Argentina, por el otro, multiplican los interrogantes y el temor al futuro inmediato.

El ETF se derrumbaba anoche en las pantallas de futuros de los operadores de Wall Street. El fondo EWZ, que nuclea a las empresas más grandes de la bolsa brasileña, se derrumbaba un 27%. Petrobras caía un 21% y los bancos llegaban a perder casi un 30%, mientras las imágenes de televisión mostraban, como contracara, a millones de brasileños festejando en las calles el triunfo de Lula da Silva.

Esa caída de Brasil en el mercado tendrá en Argentina un impacto que aún hay que dimensionar por su volumen y su duración. La caída del real frente al dólar, que sumaba anoche un 10%, también puede modificar las relaciones de intercambio entre ambos países.

Los memoriosos recuerdan el impacto que una devaluación brasileña puede tener en estas tierras: la caída del real en 1999, que, por otras causas, terminó con el esquema cambiario de Fernando Henrique Cardoso y precipitó el efecto "Caipirinha", que fue letal para acelerar el final de la Convertibilidad argentina. Las condiciones son distintas, pero los temores a una crisis en nuestro gigante vecino son los mismos.

Es una realidad con la que Javier Milei, por partida doble, deberá convivir y que puede establecer comparaciones paralelas peligrosas con Argentina. De ahí el temor en el mercado.

En el final de la campaña brasileña, todos, tanto Lula como Bolsonaro, terminaron prometiendo más distribución y menos recortes. Lula ahora debe cumplir esas promesas, pero también enfrentar la realidad de los números. Las protestas en Europa también muestran un agotamiento de la paciencia frente a un esquema de bienestar que se derrumba porque las economías de Francia o España ya no lo pueden sostener. ¿Milei se refuerza frente a esas realidades o comienza a ver límites? Es otra pregunta clave en este escenario.

Milei había hecho explícita su preferencia por un cambio de gobierno en Brasil. Y de ahí surge otra pregunta que instala las dudas: ¿la derrota de Bolsonaro limita la posibilidad de presentar a la Argentina como parte de un avance regional de la derecha que incorporara a la principal economía sudamericana o levanta el precio del país ante Estados Unidos como su principal aliado?

La política exterior argentina vuelve a enfrentar una pregunta que la campaña ideológica suele postergar: ¿qué resultados obtiene el país de la dureza de Javier Milei? ¿Cómo navegará Luis Caputo en el 2027 para enfrentar un mundo que financieramente puede ser mucho más hostil?

Lula conserva el gobierno, pero deberá negociar con un Congreso de orientación conservadora. Esa combinación impide interpretar la elección como la desaparición de la derecha brasileña o como el comienzo de una hegemonía regional de la izquierda. El poder quedó distribuido. La presidencia tendrá que construir acuerdos para convertir el resultado electoral en capacidad de gobierno.

Para Milei, la primera decisión será cómo administrar esa convivencia. Puede mantener la confrontación en sus discursos y dejar la relación bilateral en manos de ministros, embajadores y empresarios. Esa fórmula permite sostener algunos canales, pero encuentra un límite cuando aparece un conflicto que requiere un acuerdo entre presidentes. La falta de diálogo reduce las herramientas disponibles para resolverlo.

La Argentina tiene intereses que defender en Brasil. El complejo automotriz y el trigo dependen en parte de las compras del vecino, como se señala en la Bolsa de Comercio de Rosario. Detrás de esa relación hay producción, exportaciones y empleo. Brasil también necesita gas y nosotros ahora, a diferencia de otros tiempos, tenemos para venderle.

Por eso, la victoria de Lula no permite anticipar por sí sola un perjuicio económico para la Argentina. Habrá que observar cuánto crece Brasil, qué demanda y qué decisiones adopta sobre el comercio. Milei tendrá que negociar esas condiciones con el presidente cuya derrota deseaba. Convertir la diferencia política en un obstáculo permanente sería agregar un problema a una economía que necesita recuperar actividad.

El viaje a España mostró el mismo dilema desde otro lugar. Milei volvió a intervenir en la disputa española con ataques a Pedro Sánchez, encuentros con la derecha y un respaldo a sus posiciones electorales con lenguaje e insultos que la prensa española destruyó. El Gobierno español respondió a sus declaraciones y se hizo una fiesta: Pedro Sánchez nunca pensó que esa visita podría terminar jugando a su favor. Y no solo él lo hizo: muchos españoles miraron en Milei un espejo de la derecha de ese país y dudaron.

Mientras Milei participaba de esa disputa, las protestas europeas mostraban otra dimensión de la crisis. En Francia, los reclamos por salarios, costo de vida y servicios públicos mantienen la presión sobre un gobierno con restricciones fiscales y dificultades parlamentarias. El conflicto reúne demandas de distintos sectores y plantea el problema de cómo responder sin recursos suficientes para satisfacerlas.

En España, la protesta por el acceso a la vivienda expresa la distancia entre la marcha de la economía y las posibilidades de quienes deben pagar un alquiler. La permanencia de la acampada en la Puerta del Sol da una medida de ese conflicto. La vivienda se convirtió en una discusión sobre ingresos, expectativas y capacidad de respuesta de las administraciones.

En Italia, los transportistas y otros sectores reclamaron por el costo del combustible y las condiciones para sostener su actividad. El Gobierno de Giorgia Meloni respondió con ayudas y medidas para restablecer la circulación. También una administración de derecha enfrenta presiones para que el Estado intervenga cuando los costos comprometen la producción y el abastecimiento.

Los conflictos tienen causas distintas. No alcanzan para afirmar que toda Europa atraviesa una misma protesta ni que existe una única salida política.

¿Tienen esos conflictos alguna comparación con la Argentina? Por ahora, casi ninguna, pero Javier Milei tiene por delante el desafío de mostrar que las demandas locales para que la bonanza de las cuentas públicas, con el superávit y la baja de la inflación, llegue a los bolsillos de los argentinos de a pie no tienen nada que ver con las tensiones en el resto del mundo. El resultado de ayer en Brasil no ayuda al presidente argentino.

La discusión sobre quién paga la cuenta vuelve entonces al centro de la escena. Hay un costo por sostener prestaciones que los Estados deben financiar. También hay un costo social y político cuando la corrección recae sobre personas que ya tienen dificultades para llegar a fin de mes. Gobernar exige decidir cómo se distribuye ese esfuerzo y construir respaldo para hacerlo. Esa tensión también alcanza a Milei.

Para colmo, el triunfo de Lula ofrece al peronismo un estímulo para discutir la idea de que el avance de la derecha es irreversible. El kirchnerismo siempre tuvo el sueño húmedo de mostrarse como un aliado incondicional de Lula y hasta de presentar su imagen como casi perfecta en Argentina. A pesar de las simpatías de Lula por Cristina Fernández de Kirchner, eso siempre fue una mentira.

Ni los números de Lula, ni su política monetaria, ni el manejo del Banco Central en Brasil o sus reservas tuvieron nunca algo que ver con los desastres económicos del kirchnerismo. Además, el triunfo de Lula no le resuelve al PJ el dilema de una candidatura, un programa ni los acuerdos que necesita para pensar en competir electoralmente en Argentina. Del mismo modo, la derrota de Flávio no determina el resultado argentino de 2027. Cada gobierno tendrá que responder por su gestión y cada oposición, por la alternativa que pueda construir.

Milei enfrenta ahora una prueba de convivencia, y justo cuando ya está en medio de una campaña presidencial para la que, claramente, no eligió la mesura como estrategia.

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