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Edmundo "Mundy" Fuster Consultor y Columnista de Opinión

No es mucho, es lo que hay

Un repaso sin concesiones por el pasado reciente, el presente económico y la idiosincrasia de una Argentina que no aprende a hacer autocrítica.

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Edmundo "Mundy" Fuster

Consultor y Columnista de Opinión

CABA - Argentina
  • De puro arriesgados que somos los argentinos, al menos algunos, nos tomamos el atrevimiento suicida de analizar la realidad fuera de contexto.

    Es algo parecido a lo que me ocurrió con el cáncer de riñón: me hicieron una nefrectomía y, como no había ramificaciones, me lo sacaron enterito, riñón incluido. Hace cuatro años que sigo viviendo casi sin problemas. Pero no todas las cosas funcionan así: algunas empiezan antes y continúan después.

    Pensar la actualidad como si todo hubiera comenzado el 10 de diciembre de 2023 es tendencioso y absurdo; posiblemente, también deliberado, sesgado y malintencionado. En cualquier caso, es equivocado.

    Esto no invalida las críticas que me merecen la situación actual, las formas del ejercicio presidencial, la miseria distributiva ni la exagerada sumisión a Estados Unidos. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Para que nos entendamos: no es lo mismo un par de tazas de té que un par de tetazas.

    Este gobierno es la continuidad del anterior, considerado por algunos, o por muchos, como el peor de la historia. No sé si será para tanto, pero, para no herir susceptibilidades ni obligar a nadie a ejercitar demasiado la inteligencia, digamos que sí o que no, y que cada uno complete la respuesta a su antojo.

    Aquel gobierno tampoco había recibido un país nórdico. Venía de la gestión de Mauricio Macri, cuyo éxito indiscutible fue haber terminado el mandato, algo poco habitual entre los presidentes no peronistas, aunque dejó una economía muy deteriorada.

    Al día siguiente de perder las elecciones generales, los mercados reaccionaron con una violencia que hizo volar por los aires buena parte de las expectativas económicas.

  • El dólar oficial se disparó un 24%, pasando de $46,15 a $57,30, y llegó a tocar picos de $65. El índice Merval se desplomó cerca de un 50% en dólares, los activos argentinos sufrieron caídas de entre el 35% y más del 50% en Wall Street y el riesgo país trepó casi a los 2.000 puntos básicos. Las conclusiones hacen que las explicaciones sobren.

    Recordemos también que Macri llegó al poder después de las gestiones de Néstor y Cristina Kirchner, consideradas por algunos como las más corruptas de la historia. Sin entrar en demasiados detalles, varios exfuncionarios y figuras relevantes de aquellos gobiernos fueron procesados, juzgados o condenados por la Justicia argentina en distintas causas vinculadas con corrupción y administración fraudulenta.

    Las designaciones judiciales y el funcionamiento de las instituciones también forman parte de esa historia. Que muchos jueces hayan sido designados con intervención de gobiernos y mayorías legislativas de distintas épocas no elimina la necesidad de examinar cada caso, pero tampoco permite convertir automáticamente toda investigación en una persecución política. Las causas están a la vista y pueden consultarse.

    Este fue el país que encontró Javier Milei al asumir la Presidencia. Pero hay un detalle no menor: en parte de la sociedad quedó instalada la sospecha, difícil de demostrar, de que su fulgurante ascenso, más allá de su indiscutible capacidad para captar voluntades, pudo haber contado con alguna «ayudita extra» del oficialismo de entonces.

    La hipótesis sostiene que ese eventual empujón habría buscado dividir a la oposición, captar votos por derecha y facilitar una victoria oficialista en primera vuelta.

    Según cuenta la leyenda, aunque no haya pruebas concluyentes que permitan darla por demostrada, resultaba difícil imaginar cómo un novato sin estructura propia, sin gobernadores, intendentes, sindicatos ni movimientos sociales podía sostener una campaña de semejante magnitud. De algún lado salió la tarasca.

    También hubo dirigentes de reconocida militancia oficialista que contribuyeron a instalar su figura, mientras los espacios televisivos y la exposición pública hicieron el resto. El histrionismo del candidato terminó de completar la escena.

    Pero el diablo metió la cola: la gente compró el invento más de lo previsto y lo colocó en el balotaje, desplazando a quienes meses antes parecían seguros vencedores. Por su raigambre antiperonista, gorila, en la jerga habitual, una parte importante de esos votantes no eligió al candidato oficialista. Así llegó el exdiputado a la Presidencia.

    La parte del supuesto «plan perfecto» que habría salido mal fue no calcular el hartazgo de los propios votantes del oficialismo. Cansados de las extorsiones y del clientelismo, incluso a cambio de una bolsa de comida, muchos terminaron votando en contra y arruinaron el festín.

    Aquel economista y profesor universitario, de actitudes transgresoras y disruptivas, poco tolerante con el pensamiento ajeno y propenso a descalificar a quienes sostenían ideas diferentes, prometía terminar con «la casta».

    Nunca definió con claridad quiénes integraban ese grupo de privilegiados, pero la consigna sonaba bien: reivindicativa, casi como una venganza contra quienes, según su discurso, le habían chupado la sangre a la gente de a pie. La realidad es que, hasta ahora, los privilegios que se han eliminado parecen bastante menos numerosos de lo que se prometía.

    Al sindicalismo se le quiso meter la mano en el bolsillo para reducir costos. La respuesta, en términos prácticos, pareció ser: «Todo bien, pero con la nuestra no; si no, la ley de reforma laboral no sale». La ley salió y todos felices.

    Los diputados se quejan por el congelamiento de sus dietas, pero ninguno parece dispuesto a renunciar para dedicarse a la actividad privada. Los funcionarios ganaban, según se decía, menos que una cajera de supermercado; sin embargo, tampoco abundaron las renuncias por razones económicas. Los que ya no están fueron despedidos de la noche a la mañana por X, antes Twitter. La motosierra también tuvo sus propias reglas.

Edmundo "Mundy" Fuster

Consultor y Columnista de Opinión

CABA - Argentina

Es comprensible que los modales presidenciales resulten desagradables para una parte de la sociedad. Sin embargo, difícilmente alguien cambie su voto únicamente porque el Presidente insulte a un mandatario extranjero o se abrace con otra primera ministra. Para algunos será trascendente; para otros, apenas anecdótico.

El problema concreto es que la plata no le alcanza a la gente de a pie. La consecuencia es una caída del consumo que golpea al comercio y a la industria. Mientras algunos sectores vinculados con la energía, la minería y el campo encuentran oportunidades, otros siguen esperando que la recuperación llegue a sus bolsillos. Al resto, que Dios lo ayude.

Los ataques a la prensa tampoco son bien vistos por una parte de la oposición ni por quienes votaron a Milei para evitar el regreso del oficialismo anterior. Pero, con una mano en el corazón, conviene refrescar la memoria con un viejo refrán: «El muerto se asusta del degollado». Algunos rozan la hipocresía. ¿Se acuerdan de la Ley de Medios? Al que le quepa el sayo, que se lo ponga.

A este querido país, dotado de mares, ríos, llanuras, montañas, todos los climas, cultura, inteligencia y premios Nobel, una verdadera joya de la creación, le faltó incorporar una virtud esencial: la autocrítica y la capacidad de asumir responsabilidades. Somos especialistas en demostrar que la culpa siempre es del otro y que las verdaderas víctimas somos nosotros.

Algunos sectores fueron elegidos para bailar con la más fea. Los jubilados, a quienes, parafraseando a Cristina Kirchner respecto de Aníbal Fernández, aludió con aquella frase de «primero en la fiesta y con bonete», soportan las consecuencias de una política que encuentra pocos costos en recortar los ingresos de quienes tienen escasa capacidad de presión. Es, una vez más, la pelea entre David y Goliat.

Otro sector especialmente vulnerable es el de las personas con discapacidad y sus familias, ninguneadas durante años. En ese ámbito también hubo denuncias y sospechas sobre posibles sobreprecios en medicamentos y el manejo de fondos destinados a quienes más los necesitan. Si un proyecto de ley logró media sanción, cabe preguntarse cuánto influyeron las circunstancias políticas y la presión social. Si no fuera así, ¿estaríamos hablando de lo mismo?

El incumplimiento de la ley que afecta a las universidades es difícil de entender. Si las reivindicaciones son justas o injustas, si las auditorías deben realizarse o si las movilizaciones tienen motivaciones políticas son cuestiones que pueden discutirse.

Pero hay una regla elemental: en democracia, las leyes deben cumplirse. Esas son las reglas del juego. También sería conveniente observar la fuerza que tienen en otros países los estudiantes cuando se movilizan para defender sus derechos.

Como si todo esto fuera poco, la confianza en el éxito del plan económico parece estar lejos de ser incondicional. Medios y organismos internacionales, entre ellos el Financial Times, Politico (EEUU), el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, han expresado cuestionamientos o advertencias sobre distintos aspectos de la situación económica.

El aumento del riesgo país responde a una combinación de factores: las dudas sobre el ritmo de la actividad económica, la desaceleración en la acumulación de reservas, los vencimientos de deuda, los conflictos internacionales y la cautela de los mercados. Reducirlo todo al «riesgo kuka», es decir, al temor a un regreso del populismo, es una explicación demasiado cómoda.

Este gobierno, que reniega de la justicia social y tiene como obsesión el equilibrio fiscal, aplica un programa económico que también recibe cuestionamientos de economistas liberales y ortodoxos.

  • Cada vez resulta más evidente que reducir la inflación es necesario, pero no suficiente. Una economía no puede evaluarse exclusivamente por la evolución de los precios: también importa qué ocurre con los ingresos, el empleo, el consumo y la producción.

    Este Presidente, al que podría definirse como una marca blanca del peronismo que lo habría respaldado con dinero, medios, dirigentes y aplaudidores, parece estar devolviendo favores y, paradójicamente, contribuyendo a que «los muchachos» vuelvan. Una perspectiva que difícilmente sea digerida con facilidad por un sector importante de la sociedad, que esperaba bastante más que la promesa de que los fideos cuesten casi lo mismo hoy que dentro de un mes.

    Con la inflación a medio controlar y buena parte del país en terapia intensiva, la diferencia podría terminar siendo que algunos iremos a un hospital público y otros al Sanatorio Otamendi o al Mater Dei.

    Con la soja a 651 dólares la tonelada, los «K» no fueron capaces de construir un país próspero e inclusivo. Este experimento blue, por su parte, parece tener como destino convertirse en poco más que un desfibrilador del propio kirchnerismo.

    Menos mal que los argentinos tuvimos a Maradona, Favaloro y la «Negra» Sosa, y que hoy podemos sentirnos orgullosos de Colapinto, Máxima y Messi. También tuvimos a Francisco, que desde el cielo debe de estar protegiéndonos.

    No es mucho, es lo que hay.

  • Edmundo "Mundy" Fuster

    Consultor y Columnista de Opinión

    CABA - Argentina


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