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CARTA A UNA SOCIEDAD INDIGNADA

"No podemos combatir el odio con más odio": El juez Rodrigo Morabito advierte sobre la condena social tras el caso de acoso

El especialista en Derecho Penal Juvenil llamó a proteger a la víctima y garantizar el debido proceso, pero lanzó un duro llamado de atención a la sociedad: "La búsqueda de justicia no necesita alimentarse de venganza".

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Rodrigo morabito, colegio pia, ciberacoso

La conmoción social y el repudio generalizado que provocó la reciente denuncia por acoso, hostigamiento y viralización no consentida de material íntimo que involucra a alumnos de un conocido colegio privado de la Capital catamarqueña escaló de las aulas a las plataformas digitales. En medio de escraches, linchamientos virtuales y acusaciones cruzadas en redes sociales, una de las voces más autorizadas del sistema judicial de la provincia rompió el silencio.

El juez Penal Juvenil, Dr. Rodrigo Morabito, hizo pública una extensa carta reflexiva en la que fijó una postura contundente: repudió la crueldad del hecho y exigió la máxima rigurosidad institucional para investigar las responsabilidades, pero alertó duramente sobre el riesgo de convertir la legítima indignación en un tribunal de odio descontrolado.

La Carta:

CARTA A UNA SOCIEDAD INDIGNADA. NO NOS CONVIRTAMOS EN AQUELLO QUE QUEREMOS EVITAR.

A las familias, a las escuelas, a las instituciones y a cada persona que hoy siente dolor e indignación por lo que está pasando en Catamarca:

Lo que estamos viviendo nos duele. Nos cuesta entender cómo alguien puede burlarse del sufrimiento de otra persona, cómo un grupo puede hostigar a una compañera, cómo la intimidad puede convertirse en objeto de exposición y cómo el dolor ajeno puede llegar a provocar risas o, incluso, disfrute.

Detrás de este episodio hay una adolescente que merece ser cuidada, escuchada y acompañada. Hay una intimidad que debe ser respetada, un sufrimiento que no podemos minimizar y hechos que deben investigarse con toda la seriedad que merecen.

Por supuesto que debemos indignarnos. ¿Cómo no hacerlo frente a la humillación, el hostigamiento y la crueldad? ¿Cómo permanecer indiferentes ante el sufrimiento de una chica que atraviesa una situación semejante?

La indignación es humana. Es necesaria. Es una forma de decir que hay cosas que no podemos aceptar como sociedad.

Pero hay algo que me preocupa y sobre lo que quisiera que nos detuviéramos a pensar; que nuestra legítima indignación no termine convirtiéndonos en aquello que pretendemos evitar.

Porque podemos condenar la violencia y, al mismo tiempo, reaccionar violentamente. Podemos repudiar la humillación y terminar humillando. Podemos exigir que nadie exponga a otra persona y después compartir, divulgar y reproducir aquello que alimenta esa exposición. Podemos reclamar empatía mientras escribimos comentarios cargados de odio, insultamos, señalamos y disfrutamos de la posibilidad de destruir públicamente a alguien.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, terminamos reproduciendo la misma lógica que decimos condenar.

¿De qué sirve pedirles a nuestros adolescentes que no se burlen del dolor ajeno si nosotros respondemos con insultos y deseos de venganza? ¿Qué les estamos enseñando cuando les decimos que no deben maltratar a nadie, pero justificamos nuestro propio maltrato porque estamos enojados? ¿Qué diferencia estamos marcando cuando reclamamos respeto utilizando palabras que desprecian, deshumanizan y lastiman?

Indignarse, sí. Callar frente a la violencia, no. Pero nunca debemos confundir la indignación con el permiso para ejercer más violencia.

Que nadie interprete estas palabras como una forma de minimizar lo ocurrido ni de quitarle gravedad. Todo lo contrario. Precisamente porque lo sucedido es grave, merece una respuesta a la altura de esa gravedad. Una respuesta que proteja a quien sufrió, que investigue los hechos, que determine (si corresponde luego de un debido proceso) las responsabilidades y que evite que algo semejante vuelva a ocurrir.

Pero una cosa es exigir justicia y otra muy distinta es convertir la indignación en una condena social sin límites, en una exposición permanente o en una oportunidad para descargar sobre otros todo nuestro enojo.

La responsabilidad debe determinarse por las vías correspondientes. El dolor de una víctima no necesita que fabriquemos nuevas víctimas. La protección de una adolescente no exige que abandonemos nuestros propios valores. Y la búsqueda de justicia no necesita alimentarse de odio.

Hay algo más que me gustaría que nos preguntáramos.

¿Qué les está pasando a nuestros adolescentes? ¿Qué les estamos transmitiendo los adultos?

No lo pregunto para justificar ninguna conducta. Nada justifica hostigar, humillar o disfrutar del sufrimiento de otra persona. Lo pregunto porque detrás de cada adolescente hay una historia, una familia, una escuela, un grupo de amigos y una sociedad que también deja sus huellas.

Vivimos tiempos en los que el enojo parece haberse convertido en nuestro idioma cotidiano. En muchos espacios se insulta antes de escuchar, se descalifica antes de comprender y se busca destruir a quien piensa diferente. Desde ciertos discursos políticos, desde algunos medios de comunicación, desde las redes sociales y también desde nuestras propias conversaciones, el odio se reproduce con una facilidad que debería preocuparnos.

A veces, quienes hoy se horrorizan ante la crueldad de los adolescentes son los mismos que, en otros ámbitos, celebran la humillación de quien consideran un adversario. Personas que se burlan de las desgracias ajenas, que disfrutan cuando alguien queda expuesto o que encuentran en la agresión una forma de imponerse.

Y después nos sorprendemos cuando algunos chicos y chicas hacen lo mismo.

No se trata de responsabilizar a los adultos por cada conducta adolescente ni de negar la responsabilidad que corresponde a quien decide lastimar a otra persona. Se trata de reconocer que los ejemplos educan, que las palabras dejan huellas y que no podemos pedirles a nuestros hijos que aprendan a convivir de una manera que nosotros mismos tantas veces rechazamos con nuestros actos.

¿Cómo queremos que nuestros adolescentes resuelvan sus conflictos sin violencia si les mostramos, todos los días, que el insulto, el desprecio y la humillación son formas aceptables de responder?

También tenemos que mirar a nuestras familias con honestidad y sin juzgar. Criar adolescentes nunca fue sencillo, pero hoy supone desafíos enormes. Muchas madres y muchos padres hacen todo lo que pueden, trabajan, se esfuerzan y tratan de acompañar a sus hijos como saben y como pueden. No se trata de culpabilizarlos, sino de recordar que nuestros chicos necesitan mucho más que un techo, comida, educación y cosas materiales.

Necesitan que estemos presentes. Que los escuchemos. Que podamos conversar sobre lo que les pasa, incluso cuando no entendemos del todo su mundo. Necesitan límites claros, pero también adultos capaces de ponerlos sin humillar. Necesitan aprender que la libertad no significa hacer cualquier cosa, que pertenecer a un grupo no justifica lastimar a alguien y que compartir una imagen íntima no es una broma ni un juego.

A veces estamos cerca de nuestros hijos, pero no sabemos qué sienten. Conocemos sus horarios, pero desconocemos sus angustias. Les pedimos que nos cuenten lo que les pasa, pero quizás no siempre encuentran en nosotros la confianza para hacerlo. Y otras veces, frente a sus dificultades, respondemos con más enojo, más gritos y más violencia.

No tenemos que ser padres perfectos. Tenemos que estar dispuestos a revisar lo que hacemos, reconocer nuestros errores y comprender que educar también significa aprender.

Las escuelas tampoco pueden enfrentar solas esta realidad. Necesitamos instituciones que escuchen, que detecten las señales de hostigamiento, que intervengan a tiempo y que acompañen tanto a quienes sufren como a quienes ejercen violencia. No alcanza con actuar cuando el conflicto ya se hizo público. La convivencia, el respeto y la empatía también deben formar parte de la educación cotidiana.

Y las instituciones públicas tienen que responder con seriedad, compromiso y responsabilidad. No solamente cuando un caso se vuelve viral, cuando aparecen las cámaras o cuando la sociedad reclama explicaciones. La prevención no puede depender de la repercusión de una noticia. Tiene que ser una tarea sostenida.

Pero también nosotros, como sociedad, debemos preguntarnos qué hacemos cuando vemos que alguien es humillado, cuando escuchamos una burla cruel, cuando advertimos que un grupo está aislando a una persona o cuando un adolescente utiliza las redes para lastimar a otro.

¿Intervenimos? ¿Hablamos? ¿Acompañamos? ¿O nos reímos, miramos para otro lado y seguimos adelante?

A veces la violencia crece porque alguien la ejerce, pero también porque otros la celebran, la comparten o guardan silencio.

Por eso, hoy más que nunca, debemos tener cuidado con lo que hacemos y con lo que decimos. No compartamos material íntimo. No reproduzcamos imágenes que profundicen la exposición de quien ya está sufriendo. No convirtamos las redes sociales en tribunales donde cualquiera puede insultar, condenar y destruir sin medir las consecuencias. No confundamos pedir justicia con reclamar venganza.

Y, sobre todo, no olvidemos que detrás de cada nombre hay personas. Personas que sufren, familias que atraviesan momentos difíciles y adolescentes que todavía están creciendo, aprendiendo y formando su manera de entender el mundo.

Eso no significa quitar gravedad a los hechos ni desconocer las responsabilidades. Significa recordar que nuestra respuesta también tiene que estar guiada por los valores que decimos defender.

Porque si reclamamos empatía, debemos practicarla. Si exigimos respeto, debemos dar el ejemplo. Si queremos que nuestros adolescentes abandonen la crueldad, no podemos responder con más crueldad.

No podemos combatir el odio utilizando el odio como herramienta. No podemos enseñar a no maltratar maltratando. No podemos pedir que alguien deje de humillar si nuestra primera reacción es humillar también.

Quizás el verdadero desafío que nos deja este episodio no sea solamente indignarse (aunque haya motivos de sobra para hacerlo), sino preguntarse qué se hará con esa indignación.

¿La convertiremos en insultos, exposición y más violencia? ¿O seremos capaces de transformarla en protección, acompañamiento, prevención y compromiso?

Porque mañana esta noticia dejará de ocupar las primeras planas. Las redes encontrarán otro motivo para indignarse y la conversación pública se trasladará hacia otro tema. Pero nuestros adolescentes seguirán ahí, creciendo en las familias, las escuelas y la sociedad que nosotros construimos.

Y entonces, cuando todo esto pase, ¿qué habrá quedado?

Ojalá quede una chica acompañada y protegida. Ojalá se esclarezcan los hechos y se determinen las responsabilidades que correspondan si corresponden. Ojalá las instituciones revisen sus prácticas y fortalezcan la prevención. Ojalá muchas familias encuentren el momento para sentarse a conversar con sus hijos.

Y ojalá nosotros, los adultos, tengamos el coraje de mirarnos al espejo.

No escribo estas palabras desde un lugar de superioridad ni creyendo tener todas las respuestas. Las escribo como parte de esta misma sociedad, preocupado por lo que nos está pasando y convencido de que no podemos seguir reclamándoles a nuestros adolescentes algo que nosotros mismos estamos dejando de practicar.

Nuestros chicos y chicas necesitan adultos que les enseñen a no odiar, pero también que les demuestren que es posible estar profundamente indignados sin perder la humanidad.

Que es posible condenar una conducta sin deshumanizar a quien la cometió. Que es posible exigir justicia sin ejercer venganza. Que es posible poner límites sin destruir. Que es posible defender a quien sufrió sin reproducir el sufrimiento.

Sí, debemos indignarnos. Claro que sí.

Pero que nuestra indignación sirva para cambiar las cosas, no para multiplicar aquello que nos duele. Que nos impulse a proteger, a educar, a escuchar y a actuar. Que no nos haga olvidar que los valores que reclamamos también deben estar presentes en la manera en que reaccionamos.

Porque detrás de este episodio hay adolescentes que necesitan respuestas, adultos que debemos asumir responsabilidades y una sociedad que tiene mucho por revisar.

Y porque, al final, la pregunta más difícil no es solamente qué les está pasando a nuestros chicos y chicas.

La pregunta también es qué estamos haciendo nosotros para que el mundo que les dejamos sea un lugar donde puedan aprender a convivir sin lastimarse.

No les pidamos que dejen de reproducir nuestra violencia si nosotros no estamos dispuestos a empezar por nosotros mismos.

Con preocupación, con dolor y con la esperanza de que todavía estamos a tiempo de aprender a tratarnos de otra manera.

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