Edmundo “Mundy” Fuster
Una marcha, muchas preguntas y un País sin rumbo
El operativo en el Congreso costó millones pero liberaron a los 25 detenidos. Hubo destrozos por 90 millones de pesos y sospechas de infiltrados que nadie frena.

En mi carácter de ex viejo meado y actual viejo, pobre y enfermo, no asistí a la marcha de las universidades. Pero, para despuntar el vicio, me quedé enganchado frente al televisor, casi teletransportándome hasta la Plaza de los Dos Congresos.
La realidad es que, desde mi regreso al país —pasé diez años en España—, no he vuelto a participar presencialmente en este tipo de actos masivos.
Como un observador imparcial, o un testigo distante de la cambiante y, a veces, delirante realidad argentina, tal como describía su rol el eterno Tato Bores, me dediqué a mirar con suma atención lo que sucedió. Lo hice varias veces y a través de canales con visiones totalmente opuestas.
Aprovechando el tiempo libre que me brinda esta etapa de mi vida, reflexioné bastante y diseccioné, a mi antojo, lo que vi y escuché. El orden de lo que cuento no implica necesariamente importancia ni trascendencia temática.
EL RECLAMO
No tengo ninguna duda de que el reclamo es legítimo. Hay una ley y hay que cumplirla. Nuestros representantes deberán ver de dónde sacan los recursos para hacerlo. Eso es algo que a LOS NOSOTROS nos excede: a duras penas arreglamos nuestras propias vidas. De dónde sacan la pasta, que lo piensen ellos.
Esa es la respuesta políticamente correcta, la que permite salir del embrollo. Pero seguramente el tema es mucho más profundo. Las acusaciones cruzadas entre el Gobierno y los rectores hacen que, mirando desde afuera, resulte demasiado difícil opinar con la necesaria objetividad. Por eso, aburre un poco que tantos, de un lado y del otro, se conviertan en dueños exclusivos de la verdad.
No informan, adoctrinan.
El tema de las universidades siempre da para conflictos, denuncias, contrataciones directas, negociaciones incompatibles con la función pública e imposibilidad de auditorías. Un cuento de nunca acabar.
Qué hay de cierto en las denuncias y en las declaraciones públicas es una cuestión pendiente. Lo que no está pendiente es la miseria que cobran los docentes, quienes toman su trabajo
como un verdadero sacerdocio, un servicio de bien público, y se ven perjudicados por las actitudes de terceros que, de un lado o del otro, convierten a la universidad en un verdadero botín de guerra.
Con mi empresa constructora nunca pudimos ganar ni una sola licitación en la UBA.
Tampoco hay que pecar de inocentes y pasar por alto que la actividad política que se desarrolla en las facultades no se limita a cuestiones relacionadas con los claustros. En la actualidad, ningún centro de estudiantes es de tendencia liberal, con lo cual no resulta extraño que las marchas tengan un marcado tinte opositor al Gobierno y un fuerte contenido reivindicatorio.
LOS INFILTRADOS
No hay que ser demasiado despierto para sospechar que, en las marchas donde se producen hechos de violencia, además de los legítimos convocantes existen grupos ajenos a los colectivos involucrados que se incorporan con la finalidad de generar el caos.
En muchos casos se los vincula con movimientos anarquistas y sectores de la izquierda más radicalizada, que utilizan la violencia como mecanismo de acción política.
La generación del caos, la destrucción del patrimonio urbano, la agresión a las fuerzas del orden y la provocación pueden servir como mecanismos para justificar su accionar.
Pero quizás no sean los únicos.
Cuenta la leyenda que desde los oficialismos también se colabora para generar el caos: que hay infiltraciones, que se provocan conflictos y que se promueve la represión, que luego sirve para justificar la idea de que los manifestantes legítimos llevan consigo el germen del desorden o son incapaces de controlar sus propios reclamos.
Todo es posible. Lo que resulta un poco extraño es que semejante despliegue de fuerzas, con un importante equipamiento tecnológico, resulte incapaz de controlar rápidamente las acciones violentas y que, al final de cada marcha, quede a disposición de la Justicia apenas un puñado de personas.
Esto sucede cuando los violentos parecen haber sido muchos más y algunos resultan perfectamente identificables porque actúan a cara descubierta.
Nadie desaparece, se hace humo ni se convierte en calabaza.
Pero esto SIEMPRE fue así. Por eso, bastante hipócritas resultan quienes se agarran la cabeza, de un lado y del otro, y denuncian ahora lo mismo que sucedió en otros momentos.
En esta última marcha, el Gobierno denunció a 25 personas y todos los detenidos recuperaron la libertad muy rápidamente. Esto plantea interrogantes sobre la efectividad de semejante despliegue, que debe haber costado una millonada, al que hay que sumar los destrozos del mobiliario urbano, estimados en 90 millones de pesos. Esperemos que su reparación no termine resolviéndose mediante una contratación directa.
EL PROBLEMA ES EL MIENTRAS TANTO
El clima, posiblemente, se irá enrareciendo cada día un poco más. Y eso que falta un año para las elecciones.
El divorcio entre los ingresos de quienes tienen trabajo y sus gastos debería ser motivo suficiente para encender las alarmas. El promedio, tantas veces utilizado para describir la situación económica, no resulta representativo de una realidad profundamente desigual. A quienes les va bien en Añelo con el petróleo no se les exige un aporte patriótico para sostener a los desocupados de la provincia de Buenos Aires.
Así, el promedio termina convirtiéndose en un artilugio matemático que esconde desigualdades.
El Gobierno parece inoxidable ante los reclamos y las necesidades de vastos sectores de la población. El efecto derrame habrá que ver si alguna vez llega. El problema es el mientras tanto.

¿Pueden esperar los jubilados, y no solamente los que cobran la mínima, a que esto tarde lo que tenga que tardar? Cada vez hay más trabajo en negro y más monotributistas cuyos aportes previsionales son insignificantes. Mientras tanto, cada vez son más los medicamentos que salen del vademécum de PAMI y deben pagarse al ciento por ciento.
¿Pueden aguantar las personas con discapacidad, sus familias y todos los que las rodean que su situación siga sin resolverse?
¿Podrán aguantar los empleados públicos, con la angustia de no saber hasta cuándo tendrán trabajo y qué destino les espera si lo pierden?
Si tiene coche: Uber. Si tiene moto: repartir pizzas. No parece un proyecto de vida demasiado atractivo.
Mientras todo esto les sucede a personas de carne y hueso, a los de a pie, a LOS NOSOTROS, hay otros que observan lo que sucede y las amenazas de lo que podría venir. Es bastante posible que decidan esperar un rato antes de invertir.
Si las cosas siguen así, el futuro podría ser muy movilizado y quizás no resulte demasiado agradable invertir en un país caótico, que en cualquier momento puede prenderse fuego.
Y si cambia el viento, se da vuelta la tortilla y se imponen otras reglas de juego, quizás también pierda atractivo invertir aquí. Tal vez resulte más conveniente hacerlo en un país que ofrezca otras condiciones.
Por eso, y como se le atribuye al general Perón desde hace décadas, «lo mejor es desensillar hasta que aclare»: observar cómo se desarrollan los acontecimientos políticos y sociales antes de poner una moneda.
Realmente, el futuro no se presenta demasiado lubricado.
Algunos cambios generados por el Gobierno son palpables: la baja de la inflación, el fin de la intermediación de los planes sociales, el equilibrio de las cuentas públicas y el aumento de las exportaciones. Sin embargo, los logros de la macroeconomía no se perciben en la vida cotidiana de una porción bastante grande del país.
Colas de muchas cuadras para entregar un currículum; septuagenarios que tienen que seguir trabajando para mantener el vicio de comer y comprar remedios; aumentos interminables en los servicios públicos.
A eso se suma un clima internacional de violencia y efervescencia contagiosas, como el que se viene observando en Italia, Francia, Albania y España. Cuando las cosas empiezan así, pueden extenderse rápidamente a otros lugares.
El panorama es complejo. No estamos en condiciones de pensar que aquí no pasa nada. Sería un error de proporciones no tomar en cuenta lo que está emergiendo. Tampoco sería bueno que toda esta ebullición fuera ignorada.
Si el Servicio Meteorológico Nacional anuncia la posibilidad de lluvia y el cielo empieza a ponerse negro, no parece una precaución exagerada salir con paraguas.
Por las dudas.
PROYECTO DE PAÍS
Gobernar en medio de la grieta es difícil para cualquier gobierno. Pero resulta todavía más grave que nuestra iluminada y abnegada clase dirigente no haya sido capaz de plantear un proyecto de país, con un horizonte compartido y algunos pocos temas que queden fuera de discusión.
Un proyecto en el que, gobierne quien gobierne, se mantenga el rumbo, con cada administración aportando su impronta personal, pero sin destruir lo construido por la anterior ni empezar todo de nuevo.
Mientras esa utopía no se convierta en realidad, seguiremos confundiendo alternancia con refundación. Será siempre volver al punto de partida, girar en círculos y perder la posibilidad de avanzar siquiera un miserable casillero.
Y mientras nuestros dirigentes sigan discutiendo quién tiene razón, la sociedad seguirá preguntándose cuánto tiempo más puede aguantar.
Porque una marcha puede terminar cuando se desconcentra la multitud. Pero los reclamos que la hicieron posible no desaparecen cuando la gente vuelve a su casa.
Y un país no puede vivir eternamente esperando que aclare.
Edmundo “Mundy” Fuster
CABA - Argentina





