Tomates con gusto a tomate
Por qué el tomate perdió su sabor (y cómo recuperarlo)
Entre la producción industrial y las cadenas de transporte, la búsqueda de frutos resistentes desplazó a la calidad culinaria. Claves para entender la pérdida de aroma y cómo cultivar tus propias variedades.

Durante miles de años, la selección de plantas respondió al deseo de obtener frutos más grandes, dulces y productivos. Sin embargo, en las últimas décadas, las exigencias de la industria alimentaria cambiaron las prioridades: hoy se buscan tomates uniformes, de maduración simultánea, resistentes a enfermedades y capaces de soportar viajes de cientos de kilómetros sin deteriorarse. En este camino, la firmeza y la durabilidad le ganaron la payada al sabor.
Un fruto diseñado para viajar
El tomate comercial que se encuentra habitualmente en verdulerías y supermercados suele cosecharse antes de completar su maduración. Esta recolección temprana es imprescindible para que resista el embalaje y el transporte, pero interrumpe un proceso clave: gran parte de las características orgánicas que definen el "gusto a tomate" —una interacción compleja entre azúcares, ácidos y compuestos aromáticos— se desarrollan mientras el fruto permanece en la planta. Un tomate puede lucir perfectamente rojo y brillante por fuera, pero resultar insulso al paladar.
La riqueza de las variedades antiguas
La pérdida de sabor también responde al uso generalizado de variedades híbridas "larga vida". Frente a esto, la recuperación de tomates antiguos o locales representa una vía para resguardar tanto el gusto como la diversidad genética.
Un caso paradigmático es el tomate platense, una variedad históricamente apreciada por su aroma e intensidad que comenzó a ser desplazada en los años 80. Gracias a la labor de productores locales y a la intervención de la Universidad Nacional de La Plata, sus semillas pudieron conservarse y volver a cultivarse, sirviendo como ejemplo del valor que tienen las variedades tradicionales frente a las exigencias agronómicas modernas.
El rol del cultivo y la maduración
Tener una variedad de calidad no garantiza por sí solo un buen resultado. La especialista en huerta y fundadora de Sitopia, Florencia Gallino, señala que factores como la radiación solar, el riego, la calidad del suelo, los nutrientes y la temperatura inciden directamente en el producto final.
A esto se suma la ventaja fundamental del autocultivo: la posibilidad de esperar la maduración completa en la planta, sin la necesidad de cosechar el fruto verde para someterlo a almacenamiento prolongado.
Cultivar en espacios reducidos
Para disfrutar de un tomate con sabor no se requiere una gran extensión de tierra. Una planta puede desarrollarse en una maceta de 20 litros ubicada en un balcón o terraza que reciba varias horas de sol directo.
Además de la producción hogareña, adaptar los hábitos de compra contribuye a reencontrar la calidad original: optar por tomates de estación (primavera y verano), priorizar la producción local e incorporar variedades no convencionales cuando se encuentren disponibles en el mercado.





