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Colaboración | Por Edmundo Fuster

Cuando el pobre anda en la mala

Una reflexión sobre los cambios que atraviesa nuestra sociedad, la comunicación política, el impacto de las redes sociales y las consecuencias de una dirigencia que parece no advertir lo que sucede en la vida cotidiana de la gente.

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hombre caminando por la vereda mojada
Imagen Ilustrativa IA

INTRODUCCIÓN

Corría el año 1978. Vivíamos en dictadura, nos preparábamos para el Mundial y comenzó a sonar una canción de la Nueva Trova Cubana, interpretada por Pablo Milanés: Años, que en una de sus partes decía:

El tiempo pasa / Nos vamos poniendo viejos / Y el amor no lo reflejo como ayer…

En 1992, durante la campaña electoral de Estados Unidos, Bill Clinton popularizó una frase que decía: «Es la economía, estúpido», inicialmente dirigida a quienes pretendían poner el foco en otras cuestiones.

En 2004, en España, a dos días del atentado de Atocha (11-M), cuando todavía no existían las redes sociales tal como hoy las conocemos, un mensaje de texto (SMS) se hizo viral y contribuyó a una movilización enorme en Madrid, replicada en todo el país. La palabra con una enorme capacidad movilizadora fue: «Pásalo».

En la década siguiente, con el avance de la tecnología y las redes sociales, se produjeron las movilizaciones de los INDIGNADOS en España y la PRIMAVERA ÁRABE.

DESARROLLO

Esta introducción, seguramente conocida por muchos, por haberla vivido o porque se la contaron, parece no serlo para quienes rigen los destinos del país. Y no me refiero solamente a la clase política: buena parte de la dirigencia da la sensación de no haber tomado nota de los cambios que experimentaron las sociedades y sigue manejándose como si nada hubiera pasado en el mundo.

Casi podríamos decir que son terraplanistas de la realidad.

Los legisladores mantienen privilegios propios de una época en la que, para regresar a su lugar de origen, debían viajar en carreta, cuando ni siquiera había trenes.

Los sindicatos, si no fuera porque el Gobierno cedió y les preservó la caja mediante la afiliación obligatoria, probablemente seguirían aferrados, casi textualmente, a la Carta del Lavoro de 1927, aprobada por el Gran Consejo del Fascismo bajo la dictadura de Benito Mussolini en Italia.

La política no se queda atrás en esta carrera con sprint de retroceso. Se niega a reconocer los cambios estructurales de la sociedad y la incidencia que el avance de las nuevas tecnologías tiene en la vida cotidiana de la gente.

Según distintas encuestas de opinión y preferencias políticas, podríamos aceptar, con todos los márgenes de error que implica cualquier estimación, que existe una masa electoral cercana al 40 % que votaría al peronismo y sus aliados por tradición, convicción o, simplemente, por un rechazo absoluto al actual oficialismo, por las razones que cada uno tenga.

Una proporción similar podría respaldar al oficialismo por coincidencia ideológica, porque cree que está en el camino acertado, pese a que los resultados actuales sean poco favorables para numerosos sectores, o porque volver al pasado le produce tirria.

El cambio prometido incluía más cosas que las estrictamente económicas. También suponía evitar el péndulo de atraso y revanchismo que tantas veces ha condicionado nuestra historia.

Los porcentajes son variables por múltiples razones, pero, por un momento, aceptémoslos como una aproximación.

Nos queda entonces un 15 o 20 % de electores fluctuantes, indecisos o desesperanzados. Gente que vota porque hay que votar y a la que le da lo mismo uno que otro; que no cree en ninguno, que puede inclinarse por lo primero que aparece y después salir a disfrutar del domingo.

Pero muchos de ellos viven intensamente la realidad de nuestros días. Quizás no miren programas políticos ni sigan los discursos de los dirigentes, pero se meten en las redes: TikTok, X, Facebook, Instagram y todas las que se nos puedan ocurrir.

Y ahí volvemos a la introducción.

Esa gente, cuyo voto puede definir nuestro futuro, entiende algunas cosas y otras no tanto, y está más o menos informada de la actualidad. Sin embargo, recibe una descarga permanente de publicaciones, con el nombre que cada red les asigne, en las que los insultos presidenciales ocupan un espacio desproporcionado.

El RIGI, Vaca Muerta, Toro Vivo y Cabra Preñada no mueven el amperímetro de la misma manera, pero los insultos, las degradaciones y las descalificaciones que habitualmente pronuncia el presidente tienen una enorme repercusión. Nacional, provincial e internacional.

Ese porcentaje del electorado, que terminará inclinando la balanza entre la continuidad de este proyecto y la elección de uno diferente, está siendo sometido por el propio Gobierno a una intoxicación cotidiana, con ataques a todo aquel que se atreva a manifestar una discrepancia.

Los embates contra periodistas, economistas y artistas están alcanzando límites preocupantes. Y eso no será gratis.

En la Asamblea de las Naciones Unidas, el presidente afirmó que se había convertido en una organización inútil que «sólo sirve para alimentar una casta de parásitos, fatalmente arrogantes, disfrazados de burócratas bien intencionados». Son, precisamente, esos mismos ámbitos internacionales a los que les pediremos que acompañen nuestro legítimo reclamo por las Islas Malvinas.

El cerebro se va envenenando, la plata no alcanza, hay una crisis de empleabilidad y muchas empresas suspenden personal, reducen el ritmo de producción o directamente cierran. El horno no está para bollos.

Sin embargo, los medios siguen erre que erre con los insultos a Novaresio, a Lula, a Pedro Sánchez, a Kicillof, a Lali y a tantos otros. De esa manera se va generando un clima de intolerancia que puede transformarse en bronca y terminar alimentando el odio.

La frase «Nunca odiamos lo suficiente», una de las máximas más célebres y punzantes atribuidas al escritor, ensayista y filósofo rumano Émile Cioran, vuelve a aparecer en distintas ocasiones referida a periodistas y encuentra en las redes sociales un terreno fértil para su reproducción.

Resulta insuficiente decir que tal o cual persona es así y que no va a cambiar. Seguramente los asesores de imagen tendrán una interpretación diferente, pero, a juzgar por lo que se escucha en la calle y por lo que expresa la gente común, el vecino de a pie, este recurso descalificatorio, agresivo y destemplado contra quienes piensan distinto no parece caer nada bien.

Quienes participan en programas políticos y sostienen que la reelección será un paseo argumentan que la gente tendrá presente la baja de la inflación, la posibilidad de acceder a productos importados de calidad a precios más bajos que antes, la reducción de impuestos, el aumento de las reservas, los récords de exportaciones, las inversiones millonarias que supuestamente reactivarán la economía y un campo que exporta como nunca.

Seguro que hay verdades en esos argumentos. Pero son insuficientes.

No entienden que eso no alcanza para todos. Los desocupados, los jubilados, las personas con discapacidad, sus familias y quienes les prestan servicios, los docentes universitarios y los médicos del Garrahan ya no tienen mucho más para recortar y poder vivir.

Lamentablemente, no pueden aguantar cinco, diez o veinte años esperando que los resultados prometidos lleguen a sus vidas. Necesitan pagar las cuentas, comprar comida y remedios, viajar y atender sus necesidades cotidianas.

No son mala gente. No son necesariamente enemigos de nadie. Son personas que necesitan vivir con dignidad y que, cuando escuchan mensajes de escasa o nula empatía, lejos de encontrar motivos para ilusionarse, sienten un rechazo cada vez mayor.

Fundamentalmente, lo que está en juego es mucho más importante que una reelección. Está en juego el futuro de la mayoría de los 47 millones de habitantes de nuestro país.

Porque, salvo unos pocos, al resto la vida nos está esquivando una sonrisa.

Y recordemos a nuestros mayores, que nos enseñaron que:

CUANDO EL POBRE ANDA EN LA MALA, HASTA EN LO SECO RESBALA.

Por eso, no hace falta encerar todos los pisos.


Edmundo “Mundy” Fuster

Consultor y Columnista de Opinión

CABA - Argentina

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