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La anatomía de una obsesión

Atrapados en la "efecto lupa": por qué la dismorfia corporal afecta al 3% de la población y pocos logran detectarla a tiempo

En 2021, la revelación de la actriz estadounidense Megan Fox sobre su lucha continua contra la dismorfia corporal instaló el tema en la agenda global.

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La anatomía de una obsesión

Sin embargo, años después, especialistas en salud mental advierten que sigue siendo un trastorno infravalorado y subdiagnosticado. La mayoría de las personas que sufren esta condición llegan a la consulta psicológica por casualidad o tras un largo periplo por quirófanos y tratamientos dermatológicos que no resuelven su angustia.

Afecta a entre el 1,7% y el 3% de la población mundial, una prevalencia superior a la de la esquizofrenia y equivalente a la del Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). A pesar de ello, el desconocimiento sigue siendo la regla.

"A la consulta nos llegan cada vez más pacientes, en parte por el impacto de la exposición constante en videollamadas, los filtros de redes sociales y los estándares inalcanzables que genera la inteligencia artificial", explica la Dra. Teresa Esparza Baigorri, licenciada en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctora en Medicina por la Universidad de Zaragoza, especialista del Centro de Ansiedad y Trastornos Relacionados (CEAN).

La anatomía de una obsesión: entre 3 y 8 horas diarias de angustia

El Trastorno Dismórfico Corporal (TDC) no se reduce a una simple inseguridad o a un problema de baja autoestima. Según la clasificación del manual DSM-5 TR, se encuadra dentro del espectro de los trastornos obsesivo-compulsivos. Se define por una preocupación obsesiva y desproporcionada por defectos percibidos en la apariencia física que resultan imperceptibles o insignificantes para el entorno.

La vida de un paciente con dismorfia gira en torno a dos grandes grupos de síntomas:

  1. La rumiación obsesiva: El individuo invierte entre tres y ocho horas al día pensando en sus supuestas imperfecciones. La piel, el rostro, las pecas, la nariz, el cabello o zonas corporales específicas (abdomen, muslos, masa muscular) se convierten en el foco de una angustia permanente.

  2. Los comportamientos compulsivos: Ritualizar la vida cotidiana para camuflar el "defecto". Esto abarca desde rutinas de maquillaje de más de dos horas antes de salir de casa, hasta el uso obsesivo del espejo o la búsqueda de ángulos específicos en fotos y videos.

El "efecto lupa": cómo procesa la imagen el cerebro dismórfico

A nivel neurobiológico, las investigaciones sugieren que las personas con dismorfia no procesan su imagen de manera global. Su cerebro aplica una suerte de "efecto lupa" o zoom focalizado, fijándose en el detalle antes que en el conjunto de la figura.

El peligroso atajo de la cirugía estética

Uno de los mayores riesgos del trastorno es el circuito de consultas médicas inadecuadas. Alrededor del 70% de las personas con dismorfia recurre a procedimientos estéticos o intervenciones quirúrgicas para intentar corregir la anomalía percibida.

Sin embargo, el resultado casi nunca es satisfactorio: al no tratarse de una distorsión física sino cognitiva y perceptual, el paciente continúa insatisfecho o desplaza la obsesión hacia otra parte del cuerpo.

Redes sociales e Inteligencia Artificial: la fábrica de la perfección

La presión sociocultural no causa la dismorfia por sí sola —al tratarse de un trastorno multifactorial con componentes genéticos y ambientales—, pero sí actúa como un detonante decisivo.

  • Filtros y retoques digitales: Normalizan rostros sin textura, marcas ni asimetrías.

  • Algoritmos y comparación continua: Exponen a los adolescentes (la etapa de mayor riesgo, entre los 12 y 13 años) a ideales corporales que solo cumple el 1% de la población.

  • Inteligencia Artificial: Genera imágenes hiperrealistas con estándares anatómicos irreales, profundizando la brecha entre la imagen real y la percibida.

Tratamiento y recuperación: ¿es posible sanar?

El abordaje clínico con mayor evidencia científica es la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC), estructurada en tres pilares fundamentales:

  1. Reestructuración cognitiva: Identificación y cuestionamiento de los pensamientos catastróficos sobre la propia imagen.

  2. Exposición con prevención de respuesta: Guiar al paciente para que enfrente situaciones sociales sin recurrir a rituales de ocultamiento o consultas de reafirmación.

  3. Reestructuración perceptual: Ejercicios guiados frente al espejo para reaprender a contemplar el cuerpo de manera integral y no fragmentada.

Los tratamientos suelen ser acotados y altamente estructurados —con una duración promedio de cuatro meses si no coexiste un trastorno alimentario asociado—. Aunque en momentos de elevado estrés o cambios corporales significativos pueden reaparecer ciertos pensamientos, la tasa de recuperación es alta y los pacientes logran recuperar su funcionalidad y calidad de vida.

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