Aterradoras leyendas folkloricas

El espectral origen de muchas leyendas rurales conlleva un numen arraigado en lejanos enigmas ancestrales. La siempre aterradora presencia de la “Luz Mala” en derredor de los territorios de nuestra extensa geografía, también se replicaba en la milenaria Tebas, Egipto, cuando luminosas figuras flotaban vaporosamente durante las noches, en cercanías de los templos de Luxor. Y si bien nuestra telúrica “Luz Mala” no respira el mismo aire hermético de aquellos sitios sagrados, podemos señalar que ambas coinciden en la sedimentación y dosis exacta del misterio en sí mismo.
La numerosa bibliografía señala que son muchos los relatos de raigambre folklórica que nos adentran en esa zona intangible de los poéticos y mágicos entreveros de las bellas tradiciones gauchescas. En tal sentido se reparten en una suerte de armoniosa sintonía espectral muchas historias acaso reales, acaso imaginarias de los primigenios habitantes de nuestras tierras, con las vivencias de aquellos viejos criollos afincados en desoladas viviendas.
La tradición oral señala que dentro del seno familiar fueron las comadres las primeras en advertir la presencia de la “Luz Mala” en los indómitos senderos cuando la relacionaban con al alma de algún anónimo finado enterrado vaya a saber por quién, bajo la luz de la luna y sin cristiana sepultura. De ahí su deambular en penumbras hasta encontrar la paz eterna con la que elevará a los santos cielos…
En muchos sentidos también los animales de campo ocuparon un lugar estratégico en la fina frontera que divide a los vivos de los muertos. Se cuenta que cuando en total soledad los perros ladran levantando el hocico, es señal de que están en presencia de algún desolado y acaso desorientado espíritu que todavía deambula en cercanías de su lugar de pertenencia terrenal. Al igual que los caballos que se niegan a avanzar ante determinados parajes y “obligan” a su ocasional jinete a marcarle sobre su frente la señal de la cruz. De tal modo que cualquier viajero en muchas regiones del país puede encontrarse con cruces clavadas a las apuradas en medio de la nada, en memoria de aquellos que nos han precedido en el camino de la vida.
Entre árboles sagrados y jinetes fantasmas
La antigua memoria oral también recuerda que ante la persistencia de la “Luz Mala” en las cercanías de un rancho, la ceremonia consistía en rezar siete “Padre Nuestro” un viernes por la noche. Si bien muchos la vinculan a la fosforescencia aurífera producto de la descomposición de los huesos y a los destellos lunares, la evanescente y romántica presencia de la “Luz Mala” conlleva eternamente el fuego sagrado de los enigmas de nuestra tierra.
Hacia mediados del siglo XIX el naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882) recorrió gran parte de la Patagonia y presenció en Choele Choel, Río Negro, a un grupo de aborígenes alrededor de un árbol conocido como Wallichu (“Gualicho”). Relata Darwin que el árbol se encontraba en un sitio elevado de la meseta, rodeado de calaveras y huesos humanos y que los indios al deificar el espíritu del árbol le brindaron ofrendas antes de continuar su marcha. Lo cierto es que la mención del Gualicho con el tiempo fue sinónimo de magia negra o de “trabajo maligno” por parte de curanderos y su enigmático significado se mantiene vivo incluso hasta nuestros días.
En algunas zonas pampeanas la arquetípica figura del “fantasma negro“ trae aparejada también la ocasión de presentarse en la forma de malones que en medio de aullidos atraviesan a campo traviesa las noches de tormenta. Del mismo modo que se advierte acerca de la mala suerte de aquel que observa de lejos la fatídica figura del “jinete vestido de negro” que vaticina oscuros presagios en los lugares por donde deambula, montado en su caballo espectral…
También en el MARTIN FIERRO se hace mención:
“en distintas direcciones
se oyen rumores inciertos
son las almas de los muertos
que nos piden oraciones”
La visita de “Mandinga” en chiripá
Argentina cuenta con una notable tradición en literatura gauchesca cuyos más reconocidos autores han recreado un legado maravilloso. Sólo por citar algunos notables, el mercedino Roberto J. Payró (1867-1928), los tucumanos Ricardo Rojas (1882-1957) y Fausto Burgos ( 1888-1953) entre tantos otros ilustres. Pero un gran escritor también lo fue Godofredo Daireaux, nacido en París en 1849 y afincado desde 1868 en Argentina hasta su muerte en 1916. También fue uno de los fundadores de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Autor de innumerables libros, en su obra “Las veladas del tropero” describe la inoportuna visita de un ser extraño a un rancho de La Pampa apenas se apagan las luces del atardecer. “El recién venido es un gaucho alto y delgado, de facciones poco simpáticas, labios finos, ojos inquietos y tan penetrantes que parecían barrenarle a uno el alma”: Prosigue Godofredo Daireaux relatando que el jinete vestido de negro no es otra cosa que el mismísimo “Mandinga” y que simplemente les pide asilo al hospitalario gaucho y a su “china” para pernoctar durante tan sólo una noche. Lo singular de este relato “cuasi mefistofélico” es que el endiablado “sujeto” se despierta al amanecer y ante la mirada atónita de los dueños, deja una alforja con algunas monedas y una guitarra a modo de agradecimiento, para luego volver a montar y perderse en medio de las brumas a través de la llanura…
Autor: Carlos Parodi, escritor e investigador de temas sobrenaturales. Instagram Carlos Parodi.64





