Colaboración | Por Edmundo Fuster
ANOSOGNOSIA: Negar la realidad no la cambia
¿Y si el problema no fuera solamente lo que sucede, sino la incapacidad de reconocerlo? Gobierno, oposición y dirigentes de todos los colores tienen su lugar en esta reflexión.

Mi cerebro, harto de llevar ya un par de días de relax, me conminó a que lo pusiera en pleno funcionamiento. Dije que sí y, como no tiene mayores fortalezas para oponerse a una orden, le pregunté: «¿Qué querés que piense y, si me da el tiempo, que lo documente?».
Con esa fortaleza que tienen los que se saben ganadores desde el inicio, sentí que retumbaba en mi ambiente interior que podía, o debía, pensar en los negadores seriales, en aquellos individuos que hasta lo obvio cuestionan. Que de tanto negar, aburren.
Como corresponde a un verdadero viejo, pobre, enfermo y machista, me resistí menos que a una insinuación de mi esposa para que hiciera algo.
Entonces busqué un aliado, en este caso la Inteligencia Artificial y le pregunté cómo se denomina el síndrome de negar lo obvio. Su respuesta inmediata fue:
El síndrome de negar lo obvio o no reconocer una enfermedad o déficit físico evidente se denomina anosognosia.
Es un síntoma neuropsicológico grave en el cual el paciente no tiene conciencia de su propia condición médica o discapacidad, a pesar de que las pruebas y la realidad demuestran lo contrario de forma innegable.
Y me dije: así se llamaría mi artículo si fuera suficiente con dejar volar mi imaginación para armarlo.
Efectivamente, es posible que ese síndrome lo padezca nuestra clase dirigente, que es la única que no ve un cura en la nieve.

Desde el Gobierno se insiste en que no hay desocupación, que se crearon varios cientos de miles de nuevos empleos y que la gente está cada día más loca buscando trabajo.
Raro, ¿no?
Quien ponga un anuncio, sin ser excesivamente exigente, ya que no es necesario haber tripulado una nave espacial para manejar una cortadora de césped ni ser políglota para pasar un trapo en el piso de una clínica, llegará a su lugar de trabajo y se encontrará con diez cuadras de cola.
El clima social cada día está más enrarecido y la realidad va mucho más allá de contar las maravillas de las provincias cordilleranas y la fábrica de cerdos con seis patas para incrementar la exportación de jamones bien curados.
La realidad golpea con fuerza, pero no se perciben reacciones en la cúspide del poder, lo cual quizás para los mercados sea un símbolo de fortaleza, pero para la gente de carne y hueso parece una condena al sufrimiento eterno.
O una burla, quizás.
Jubilados, docentes universitarios (verdaderos, no los truchos), familiares de personas con discapacidad y todo lo que gira en torno al tema se los quieren comer crudos, pero parece que ese sentimiento casi antropofágico de esta sociedad empobrecida no les llega. No lo perciben; directamente, son o se hacen los distraídos.
¿Qué pasa con Adorni? ¿Ya encontró al arbolito que le vendió los bitcoins y al que luego se los compró en efectivo? Esperemos que no se trate de mi vecino, que recientemente falleció y cuyos restos fueron cremados. Muerto el perro, se acabó la prueba.
¿No se darán cuenta que dentro de las reglas del juego de la democracia está que el Gobierno cumpla con la ley y pague a las universidades lo que debe pagar? ¿Qué esperan? ¿Otra marcha o poder auditarlas?
Como decía el filósofo contemporáneo de ancestros albaneses Don Delfín Manes: Va a ser difícil que el chancho silbe.
A los comerciantes de la zona del Congreso no les hace ninguna gracia, y a varios vecinos de la ciudad tampoco, esto de tener que invertir varios millones en arreglar todo lo que rompen y vandalizan, lo cual después vemos reflejado cuando nos llegan las multas por exceso de velocidad de 1 km/h.
¿Cómo puede ser que, con las cámaras de vigilancia que hay colocadas en la zona (algunas visibles y otras no tanto) y los drones, solamente se pueda detener a 20 o 30 personas cada vez que hay desmanes?
Ahí también hay algo raro.
Otros que tampoco la ven son los de la promisoria oposición, cuyo único argumento es señalar los errores del Gobierno y descalificar todo lo que se hace hasta límites insospechados; pero propuestas superadoras, ninguna (y que no sean superadoras, tampoco).
¿Cómo piensan arreglar este país, donde la diferencia entre los pobres y los ricos se va haciendo insoportable? Pocos compran el efecto derrame; pero, si a eso se le suma que se habla de avanzar sobre el RIGI, si todo se trata de volver a las fórmulas que nos llevaron al desastre, esta vez es bastante probable que lo logren.
Nunca una condena explícita de nada, nunca una autocrítica, nunca una idea para que algún tema se solucione. Pareciera que lo único que interesa es llegar al Poder para continuar con una tarea que no tiene fin.
La oposición intermedia, con sus planteos cómicos, que tienen todo el derecho del mundo a pretender llamar la atención, aunque generen cada vez más una duda que nunca contestan: ¿Para quién trabajan?
Sus planteos perjudican a la oposición y al oficialismo, según cómo se los mire, con lo cual queda la incógnita de si es todo un trabajo para lograr o mantener una banca (de qué lado da lo mismo) o si realmente están tan perdidos mentalmente que necesitan un toquecito en la mollerita.
¡Qué planteo genial! Armar un gran frente opositor incluyendo a los desencantados del PRO hasta el trotskismo, incluyendo al kirchnerismo. No creo que saquen muchos votos, pero, llegado el caso, ¿a quién perjudicarían?
¿La clase dirigente (toda) podrá comprender alguna vez que esto que se llama país está lleno de personas y que ellos pasan, y vienen otros, quizás peores, y la gente queda?
Casi con seguridad, la gente que habita en los barrios realmente carenciados no es de alcurnia, esnobista, bohemia ni pudiente; no han hecho un voto de pobreza extrema y perpetua.
Aunque suena increíble, la mayoría de ellos, y con todo el derecho del mundo, son votantes de los mismos que no solo los han empujado, sino que nunca les permitieron salir.
Parece raro. Se comieron el chupetín del Estado presente y de la movilidad social ascendente. Negadores profesionales de sus propias realidades.
Tampoco se entiende demasiado bien a quienes, militando o con un pensamiento diametralmente opuesto al populismo, se divierten en las redes cuestionando al oficialismo, para lo cual hay un sinfín de razones, pero sin reconocer de dónde venimos, obviando que este Gobierno (con ministros prestados, estructura de ocasión y una concepción que nadie termina de entender) es el emergente del que quizás haya sido el peor gobierno de la historia reciente.

Máxime cuando sus preferencias de origen, sean las que sean, han demostrado un fuerte divorcio con las mayorías populares que hoy nadie representa, y la bronca, la frustración, el descontento y el sentimiento de una nueva decepción los colocan en la posición de pegarle a cualquier muñeco que se mueva.
Reconocer la realidad es mucho más difícil. Negar todo es más sencillo.
No llegamos adonde llegamos por el cambio climático ni por una maldición bíblica; muchos años de hacer lo que no se debía iban a provocar, un día, que se diera vuelta la tortilla.
Podríamos preguntarnos: si la casa se está incendiando y entran los bomberos, ¿se les puede decir «cuidado con el jarrón, que es de porcelana china»? Sería perder el tiempo; entran con la idea de apagar el fuego, no de cuidar los adornos.
Algo así pasó con este Gobierno. Lo que habría que intentar es que, para lo que queda, no usen la misma manguera, que no rompan lo que haya quedado sano ni se lo lleven. La oposición se queja de que no tuvieron demasiado cuidado, y los que esperanzadamente los aplaudieron a la entrada ahora son los que peor los insultan.
En general, somos negadores seriales de la realidad: queremos la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos, todo eso negando la realidad del país y del mundo.
En el conurbano no hay inseguridad; en algunas provincias hay más personas con discapacidad que si hubiera habido una guerra; en las legislaturas, todos sus miembros han presentado infinidad de proyectos tendientes al bien común; cada vez hay más reservas en el Banco Central y seguimos pidiendo préstamos al FMI; y las jubilaciones son las más altas de la historia reciente medidas en dólares, a pesar de lo cual cada vez son más los jubilados que deben elegir entre comprar remedios y comida.
Para todo, miramos para otro lado.
Los unos y los otros, cada cual, en su medida, niegan la realidad y quieren un Gobierno, un país a su medida... y eso, al menos por un tiempo, parece ser difícil de satisfacer.
Edmundo Fuster
CABA - Argentina





