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La promesa que un padre le hizo a su hijo sobre el álbum del Mundial dividió opiniones

08/06/2026 | 

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La escena parece inofensiva. En plena fiebre por el álbum del Mundial —ese ritual que cada cuatro años entusiasma a chicos y adultos por igual— un padre sale del colegio y le anuncia a su hijo que le compró 150 paquetes de figuritas para completarlo de una sola vez.


En cualquier otro contexto podría tratarse apenas de una anécdota. Pero cuando se trata de un álbum que históricamente se llena entre intercambios, figuritas repetidas, búsquedas interminables y semanas de espera para conseguir la que falta, la escena abre una pregunta mucho más profunda.


¿Qué ocurre cuando los adultos intentan resolverles todo a los chicos antes de que puedan esperar, desear o frustrarse?


La discusión excede largamente al álbum. Habla de una época atravesada por la inmediatez, en la que casi todo parece estar disponible al instante y donde la frustración suele vivirse como una experiencia que debe evitarse.


Pero también interpela a una generación de padres que, muchas veces con las mejores intenciones, busca despejarles el camino a sus hijos sin advertir que justamente en esos obstáculos se construyen aprendizajes fundamentales. Entonces, ¿qué lugar ocupan hoy la paciencia, el esfuerzo y la capacidad de tolerar la espera?


La dificultad de esperar en tiempos de inmediatez


Para la filósofa, escritora y docente Florencia Sichel, la escena de las figuritas llamó la atención por algo que va mucho más allá del juego. Su reflexión en redes sociales se volvió viral y generó cientos de comentarios. Algunos señalaban: “El deseo adulto invadiendo los espacios infantiles”; otros ironizaban: “Me muero abriendo 150 paquetes juntos, qué laburo”.

Más allá de las opiniones, hubo algo que quedó resonando en ella. “Había una necesidad de resolver lo que podría ser un juego o un problema de manera muy precipitada y excesiva. Algo de la inmediatez y del exceso me quedó dando vueltas”, explica.


La frustración en los más chicos puede verse reflejada como una dificultad sin resolver en los adultos.

Según plantea, la dificultad para sostener la frustración de los hijos muchas veces refleja una dificultad previa de los propios adultos. “Nos cuesta tolerar nuestras frustraciones y también convivir con la ansiedad de no tener las cosas resueltas de antemano”, señala.


Para Sichel, la relación con el tiempo cambió profundamente en las últimas décadas y ese cambio también impactó en la crianza. “Criar implica dedicar tiempo, presencia y disponibilidad a otro ser humano”, afirma. Sin embargo, esa necesidad suele entrar en tensión con una cultura que premia la velocidad, la productividad y las respuestas inmediatas.


Por su parte, la psicóloga Florencia Alfie (M.N 47.873) coincide en ese diagnóstico. “Hoy vivimos acelerados, con poco tiempo y mucha exigencia. Criamos atravesados por la ansiedad y la culpa. Nos cuesta sostener un ‘no’ porque genera malestar en los chicos, pero también en nosotros”, explica.


Para la especialista, el problema aparece cuando la necesidad de evitar conflictos lleva a resolver rápidamente cualquier incomodidad. “Poner límites claros y amorosos también forma parte de nuestra tarea como padres”, sostiene.


El valor de frustrarse


Aunque suele verse como algo negativo, la frustración cumple una función fundamental en el desarrollo emocional, y aún más en niños. Lejos de ser una experiencia que deba evitarse a toda costa, distintos estudios señalan que aprender a esperar, postergar recompensas y atravesar pequeñas decepciones forma parte del desarrollo de habilidades como el autocontrol, la regulación emocional y la tolerancia a la incertidumbre.


“Cuando un chico quiere algo y no lo obtiene al instante, aprende a esperar, a buscar alternativas y a regular la emoción que siente cuando algo no sale como esperaba”, dice Alfie. Y agrega: “La frustración no daña a los chicos. Los fortalece y los prepara para desafíos mayores”.


Desde esta perspectiva, completar un álbum de figuritas no consiste únicamente en llegar al resultado final. También implica atravesar una serie de experiencias que ayudan a construir recursos emocionales.


“Si le compramos a un chico 150 paquetes para llenarlo en un día, probablemente logremos el objetivo. Pero le quitamos buena parte de la riqueza del proceso: la espera, el intercambio con otros chicos, la negociación, la emoción de encontrar una figurita difícil y la satisfacción de conseguir algo después de haberlo buscado”, sostiene.


Sichel va incluso un paso más allá y advierte que muchas veces confundimos deseo con consumo. “Los chicos pueden decir que quieren algo, pero eso no significa necesariamente que ese sea su deseo”, plantea.


Para la filósofa, el deseo infantil suele ser más complejo de lo que parece y requiere tiempo, escucha y observación. “Vivimos en una época que le da mucho lugar al ‘quiero’, pero no siempre al deseo. Y son cosas distintas”, reflexiona.


Lo que se pierde cuando desaparecen el juego y el aburrimiento al mismo tiempo


Detrás de la necesidad de satisfacer rápidamente los deseos de los chicos aparece otro fenómeno que preocupa a las especialistas: la reducción de los espacios de juego libre y de los tiempos sin objetivos concretos.


En una época en la que todo parece tener que ser útil, productivo o estar orientado a un resultado, cada vez queda menos lugar para el ocio, la exploración y la imaginación. “Estamos perdiendo el juego”, advierte Sichel. “Y es una batalla que como padres no deberíamos abandonar. Los chicos necesitan tiempo libre, tiempo ocioso y tiempo no regulado”, dice.


Para la filósofa, el problema no es solamente que las infancias tengan agendas cargadas o estén rodeadas de estímulos constantes, sino que muchas veces los adultos también perdemos la capacidad de valorar esos momentos que parecen no conducir a ningún lado. “Nos cuesta porque nosotros tampoco tenemos ese tiempo. Queremos darle sentido y valor a todo de manera inmediata, pero el juego funciona con otra lógica”, piensa.


Y es justamente en esos espacios aparentemente improductivos donde ocurren algunos de los aprendizajes más importantes. Cuando un chico juega sin una meta específica, inventa reglas, crea historias, ensaya soluciones y pone en marcha su imaginación. Algo similar sucede con el aburrimiento, una experiencia cada vez más evitada, pero que puede resultar enormemente valiosa.


“El aburrimiento tiene muy mala prensa”, señala Alfie. “Se vive como algo que hay que eliminar, cuando en realidad puede ser una oportunidad para que los chicos desarrollen creatividad, autonomía y recursos propios para entretenerse”.


Según las especialistas, el desafío no consiste en eliminar toda incomodidad del camino, sino en comprender que la espera, el aburrimiento y la frustración forman parte de la experiencia de crecer.


Después de todo, muchas de las capacidades que los adultos más valoran -la paciencia, la creatividad, la tolerancia a la incertidumbre o la habilidad para resolver problemas- suelen empezar a construirse precisamente en esos momentos en los que no todo sucede de inmediato.


Por eso, más allá de las figuritas, la pregunta de fondo parece ser otra: ¿hasta qué punto los adultos estamos intentando evitarles a los chicos experiencias que, aunque incómodas, resultan necesarias para crecer? Sichel responde con una idea tan simple como contundente: “Es imposible garantizar que un hijo nunca sufra. Y tampoco sería deseable. Una vida atravesada por emociones diversas es una vida más rica, más humana y también más empática”. TN



 
 
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