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martes 15 de septiembre de 2026

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Fauna mitológica de la Argentina profunda

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Escribe el irlandés Bram Stoker (1847-1912) en “Drácula”: “Aún no he visto al Conde a la luz del día. ¿Será que permanece dormido mientras los otros están despiertos, para poder estar despierto mientras los otros duermen?”

Es que no sólo de sanguinolentos vampiros se alimentan las pesadillas de los seres vivientes. Todos atravesamos nuestras existencias dentro de un mundo real, concreto e identificable, pero siempre acompañados por el sutil detalle de que también puede estar rodeado de vibraciones fluctuantes entre la ficción y la realidad.

La sustancia enigmática de la memoria cultural de los pueblos sigue hirviendo a temperatura justa en relatos sobre universos de naturaleza indescifrable habitados por figuras que escapan a toda lógica. Y es el relato oral el que nos susurra acerca de lugares enigmáticos y de encuentros cara a cara con extrañas formas animales que acechan desde recónditos parajes que para nuestra paz interior se encuentran a miles de kilómetros de distancia de las “civilizadas” orbes.

La infinita geografía de nuestro país esconde, por caso, senderos encantados cuyos habitantes eligen no transitar por miedo al encuentro con lo maligno. Los mitos y leyendas alimentan el folklore de nuestra tierra, serpentean como el agua de los ríos y ponen en duda los pensamientos incrédulos más obstinados. Lo que un escritor transforma en relato, un testigo rural lo vive en carne propia. De esta manera, los testimonios de visiones sobre animales-demoníacos pasan a formar parte del paisaje de una localidad perdida entre cerros, desiertos o lagunas.

Los primeros investigadores en plan científico ya hablaban de leyendas plenas de sugestiones. Ninguno de ellos en sus obras eludió el fascinante encanto del misterio ancestral. Los excelentes libros de Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), Félix Coluccio (1911-2005) y de Adolfo Colombres, por caso, refieren hechos de extraordinaria naturaleza. Y muchas provincias tanto del Noroeste como del Noreste y la Mesopotamia, suelen ser las elegidas para ciertas bestias legendarias que son el alimento principal de las veladas en torno al fogón que ilumina una noche estrellada.

En localidades de Santiago del Estero se habla de la presencia del “Cachirú”, una gigantesca lechuza de hábitat nocturno y con poderosas garras que vive en pleno monte y puede levantar por el aire al hombre que la quiera enfrentar. También se escuchan encuentros (preferentemente a prudente distancia) con el endemoniado “Ucumar”, una especie de hombre-oso que vive en cuevas, merodea vertientes y ante la presencia del hombre invasor de su terruño, puede trepar árboles con admirable agilidad.

Otra bestia gigante de más de dos metros de altura es el “Supay” que cual criatura del averno echa humo por sus fosas nasales, posee ojos de color fuego y grandes cuernos. La leyenda dice que reinaba en el “Supaihuasín”, un inframundo ubicado en el centro de la tierra. El “Supay” tiene la particularidad de proteger la tierra de todo aquel hacendado que previamente haya realizado un pacto diabólico con él.

Dentro de esta variada fauna demoníaca, el Mal también porta seductora silueta femenina y es el caso de una atractiva sirena de río llamada “Mayup Mamán”. Pero atención, se trata de una esbelta figura que puede transformarse en serpiente y arrastrar a los hombres al fondo barroso de las aguas.

En la provincia de Misiones, un fantasma de agua lleva el nombre de “Pira- Nú” y representa a un inmenso pez que se fue formando con los restos podridos de las canoas hundidas.

En el “Valle de Famatina” en La Rioja, y en el poblado de “Trancas”, en Tucumán, hay testimonios de la visión de una bestia demoníaca al que llaman “Mikilo”, mitad hombre mitad perro, y que en noches cerradas sin luna anuncia su llegada con gritos ululantes. En regiones de Salta y Jujuy se hace referencia al “Coquena”, que es un tipo de duende con rasgos indígenas fiel protector de guanacos y llamas, pero que ante la presencia del hombre-cazador furtivo, lo enfrenta sin piedad.

Antes de terminar este fantástico viaje regional nos referiremos al más popular de los duendes de la región mesopotámica: el famoso y mediático “Pombero”. Alto, delgado y peludo, va con su sombrero de paja protegiendo pájaros, silbando bajito y asustando niños a la hora de la siesta. Los lugareños que lo han cruzado dicen que pueden hacer un pacto con el “Pombero” siempre y cuando se le deje como ofrenda una gran bolsa de tabaco negro. De todos modos, advierten, no es aconsejable verlo ni de lejos.

Sean ustedes bienvenidos a la cueva del diablo

La memoria regional argentina define a “La Salamanca” como a aquellas cuevas o cavernas perdidas en medio de la nada y alejadas de las grandes poblaciones. Están consideradas como sedes del Diablo y de sus discípulos. Las leyendas dicen que en su interior se escucha música infernal y gritos desconsolados. Pero así como la entrada aparenta ser gratuita, la salida es costosa. Aquellos arriesgados que deciden franquear esas puertas que conducen al Infierno rural deben primero untarse con ungüentos que despiden un olor putrefacto que jamás desaparece. Bajo este método, el alma del desafortunado queda para siempre captada por el Maligno e impregnada de las más aberrantes sensaciones que un ser humano pueda imaginar. Los escritores Ricardo Rojas (1882-1957) y Alberto Gerchunoff (1883-1950) entre otros, han escrito cuentos basados en este legendario lugar decididamente endemoniado, y forman parte junto con otras obras literarias y cancioneros populares, de una auténtica antología de seres fabulosos que acechan desde los parajes más recónditos de nuestro amado y no menos fantástico territorio.

Autor: Carlos Parodi, escritor e investigador de temas sobrenaturales.

Instagram Carlos Parodi.64

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