El calvario de una joven que abrió un OnlyFans para pagar deudas

Una joven de 34 años abrió una cuenta en OnlyFans con la intención de obtener ingresos para pagar las deudas que había acumulado. Sin embargo, lo que parecía una posible salida económica terminó convirtiéndose en un calvario: una agencia internacional se quedó con la mayor parte del dinero, la presionó para producir videos sexuales cada vez más explícitos y, cuando decidió abandonar la plataforma, le exigió USD 3.500 y comenzó a enviarle mensajes intimidatorios.
La mujer, identificada con el nombre ficticio de Melany para preservar su identidad, tiene 34 años y trabaja como técnica en hemoterapia en una ciudad del sur de la Argentina. A pesar de cumplir jornadas y guardias en un hospital, su salario dejó de alcanzarle para afrontar los gastos cotidianos.
Según relató, sus problemas económicos comenzaron en 2025, después de mudarse sola y comprar algunos elementos indispensables para su vivienda. Al no poder cancelar el total de la tarjeta de crédito, comenzó a pagar únicamente el mínimo mensual.
Los intereses se acumularon rápidamente y la deuda se hizo cada vez más grande. Aunque continuaba pagando, todos los meses volvía a quedar con saldo negativo y sin margen para cubrir el alquiler, los servicios y el resto de sus necesidades.

En medio de esa situación, empezó a observar en Instagram y TikTok publicaciones de mujeres que mostraban viajes, departamentos nuevos y una supuesta independencia económica conseguida mediante OnlyFans. Una conocida también le había contado que obtenía buenos ingresos en la plataforma y finalmente decidió intentarlo.
Melany creó su cuenta, pero inicialmente no consiguió suscriptores ni ganancias. Poco después fue contactada por una agencia de Buenos Aires. Como había aclarado que no quería ofrecer su contenido dentro de la Argentina, fue derivada a otra organización que operaba internacionalmente.
La agencia le presentó un contrato de seis meses a prueba. La joven reconoció que lo firmó casi sin leerlo, impulsada por la urgencia económica y sin comprender completamente las condiciones del acuerdo.

“Firmé casi sin leer, la verdad”, reconoció la joven al recordar el comienzo de su vínculo con la agencia.
Las primeras instrucciones parecían limitadas a grabaciones en ropa interior o bikini. Los representantes de la empresa le indicaban cómo colocarse frente a la cámara y le exigían cambios en las poses, la iluminación y los encuadres. Con el paso del tiempo, los pedidos fueron escalando.
Primero le solicitaron desnudos y luego prácticas sexuales explícitas y humillantes. La joven manifestó que muchas de esas grabaciones las realizaba sin deseos y únicamente porque sentía que debía cumplir con las exigencias de la agencia.
La cuenta era administrada de manera compartida, aunque los representantes le pedían que no ingresara y que dejara toda la actividad en sus manos. De esa manera, Melany desconocía qué material publicaban, quiénes podían acceder a él y qué conversaciones mantenían con los usuarios utilizando su identidad.
“Ellos se hacían pasar por mí para mandar mensajes a los clientes”, explicó. La agencia respondía a los suscriptores como si fuera ella, ofrecía el material y tomaba decisiones sin consultarla.
Durante todo el período en el que permaneció vinculada con la organización, Melany recibió apenas USD 300. De acuerdo con su testimonio, la agencia retenía el 70% de los ingresos generados por la cuenta.
Mientras continuaba cumpliendo sus turnos en el hospital, la situación comenzó a afectar seriamente su salud emocional. Al regresar a su departamento tenía que producir videos que no quería hacer para personas a las que nunca había visto personalmente.
“Empecé a sentirme muy mal. Lloraba sola porque nadie sabía lo que estaba haciendo”, recordó. Como las grabaciones no mostraban el nivel de entusiasmo que pretendía la agencia, comenzaron a exigirle mayor compromiso, sensualidad y erotismo.
La presión se intensificó progresivamente. Los encargados de administrar la cuenta le reclamaban una producción más frecuente y le reprochaban que no estuviera cumpliendo con lo acordado. La joven, mientras tanto, atravesaba la experiencia completamente sola y sin animarse a contarle a su entorno lo que estaba ocurriendo.
Finalmente decidió hablar con su hermana, estudiante de abogacía. Ella le recomendó que cerrara inmediatamente la cuenta, comenzara un tratamiento psicológico y no respondiera las intimidaciones, debido a que consideraba que la joven era víctima de una posible maniobra delictiva.
Melany reunió fuerzas y abandonó la plataforma. A partir de ese momento, los mensajes de la agencia dejaron de reclamar contenido y comenzaron a exigirle dinero.
Según contó, los representantes afirmaban que habían invertido una importante suma en su perfil y que su salida anticipada les había provocado pérdidas económicas. Por ese motivo, le reclamaban USD 3.500 como supuesta compensación por incumplir el contrato.
Los mensajes fueron volviéndose cada vez más intimidatorios. En uno de ellos le pidieron que respondiera los correos y advirtieron que no querían que la situación “llegara demasiado lejos”. En otro, uno de los integrantes de la agencia aseguró haber observado movimientos extraños y le escribió: “Por favor, no me hagas enojar, puede que no sea bueno para ti”.
Siguiendo el consejo de su hermana, Melany decidió no responder y dejó de abrir las conversaciones. Sin embargo, todavía recibe ocasionalmente mensajes en los que vuelven a reclamarle el dinero.
Al mismo tiempo, sus problemas económicos continuaron. Como no pudo seguir pagando el alquiler, regresó a vivir a la casa de su madre. También comenzó a trabajar temporalmente como conductora de Uber para cancelar la deuda de la tarjeta de crédito que había originado toda la situación.
Actualmente realiza terapia y asegura que poco a poco está intentando reconstruir su vida. No obstante, existe una preocupación que todavía no puede resolver: durante su relación con la agencia grabó 12 videos y desconoce dónde se encuentran o quiénes tienen acceso a ellos.
La joven teme que el material continúe almacenado en servidores, sea vendido o circule por diferentes plataformas sin que pueda impedirlo. Esa incertidumbre, explicó, es uno de los aspectos más difíciles de superar.
“Hoy no sé dónde están los 12 videos que hice para esta empresa”, manifestó. Además, advirtió a otras mujeres que atraviesan dificultades económicas que no crean todo lo que se muestra en las redes sociales sobre las ganancias y la aparente libertad que ofrecería OnlyFans.
El caso de Melany no es el único. La influencer Dai Hernández, quien permaneció durante cinco años en OnlyFans, también relató públicamente las presiones, el acoso y el daño emocional que sufrió mientras producía contenido para adultos.

Dai Hernández escribió un libro sobre los cinco años que permaneció en OnlyFans y las consecuencias que tuvo esa experiencia.
Hernández llegó a la plataforma en 2020, durante la pandemia, después de atravesar una crisis económica y afrontar una operación de urgencia de su pareja que costaba USD 5.000. Lo que comenzó con fotografías en ropa interior fue escalando gradualmente ante las exigencias de los usuarios y de las agencias que administraban su contenido.
También comenzó a realizar transmisiones en vivo durante cuatro o cinco horas. Para soportarlas, contó que empezó a beber alcohol antes y durante las sesiones. Su punto de quiebre llegó una noche en la que sufrió una crisis nerviosa frente a la cámara y posteriormente no pudo recordar con claridad lo ocurrido.
El caso de Melany expone los riesgos que pueden existir detrás de algunas agencias que captan a mujeres mediante promesas de ingresos elevados, administran sus perfiles, se quedan con altos porcentajes de las ganancias y ejercen presión para producir contenido cada vez más explícito.
También revela el impacto emocional que puede provocar la pérdida de control sobre imágenes íntimas y la utilización de la identidad de las creadoras para mantener conversaciones con suscriptores. Para Melany, la deuda comenzó a quedar atrás, pero el temor por el destino de los videos y las amenazas de la agencia todavía forman parte de su vida cotidiana.





