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domingo 20 de septiembre de 2026

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El impacto de la crisis en la mesa laboral

El 83,5% de los trabajadores argentinos altera su almuerzo por motivos económicos

Un exhaustivo relevamiento de la UCA revela que casi uno de cada cuatro asalariados trabaja en ayunas, mientras que la abrumadora mayoría debió resignar calidad nutricional o recurrir a la vianda ante el encarecimiento de los alimentos y la presión de los horarios.

El 83,5% de los trabajadores argentinos altera su almuerzo por motivos económicos

El almuerzo en la jornada laboral argentina dejó de ser una pausa garantizada para convertirse en una ecuación de supervivencia donde convergen el presupuesto familiar, la pérdida del poder adquisitivo y las exigencias horarias. Hoy, la decisión de qué, dónde y cuándo comer en el trabajo está condicionada directamente por el bolsillo.

Un informe elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), realizado sobre una muestra representativa de 1.171 trabajadores asalariados de todo el país, reveló que el 83,5% de los empleados experimentó algún tipo de privación alimentaria por razones económicas durante su turno diario. Esta cifra abarca desde la omisión lisa y llana de la comida hasta la resignación sistemática de la calidad nutricional. Apenas un 16,5% de los trabajadores logra almorzar al margen de estas restricciones.

El dato más contundente del relevamiento expone una realidad extrema en los entornos laborales: el 22,6% de los asalariados —casi uno de cada cuatro— no come habitualmente durante su jornada laboral, cumpliendo sus tareas en un estado de ayuno prolongado.

La resignación nutricional: comer peor para gastar menos

El estudio de la UCA demuestra que la pérdida de calidad nutricional es el primer síntoma del ajuste en el plato de los trabajadores. El 78,5% de los encuestados reconoció haber elegido opciones menos nutritivas debido a limitaciones presupuestarias.

Para el 24,6% de la población asalariada, esta degradación de la dieta es una práctica cotidiana y regular, mientras que para el 53,9% ocurre de manera ocasional. El reemplazo de alimentos frescos y equilibrados por ultraprocesados o carbohidratos de bajo costo económico responde estrictamente a la brecha entre el costo de la canasta alimentaria y los salarios promedio.

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Estrategias de supervivencia: viandas, promociones y ayuno forzado

El presupuesto diario en la calle condiciona severamente la logística del mediodía. Con cubiertos o menús ejecutivos que superan holgadamente la franja de los $15.000 a $20.000 por jornada en los centros urbanos, la compra al paso o el consumo en locales gastronómicos ha quedado marginado a una fracción mínima del mercado laboral: solo el 7% de los empleados suele almorzar en un restaurante, café o bar.

Por el contrario, la preparación previa en el hogar se afianzó como la principal herramienta de ahorro. La vianda elaborada la noche anterior o durante los fines de semana es la pauta dominante para contener el gasto. Sin embargo, la efectividad de esta estrategia choca contra la infraestructura del espacio de trabajo y la disponibilidad de tiempo.

El estudio detalla que el 41,5% de los asalariados come sobre su propio escritorio o puesto de trabajo, manteniendo la exposición al estrés operativo, mientras que un 38,9% utiliza un comedor dispuesto por la empresa.

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La flexibilidad de la pausa también presenta serias distorsiones: el 26% de los trabajadores manifiesta dificultades estructurales para realizar un corte regular. En empleos de alta exigencia física, logística u obras en vía pública, los tiempos se reducen drásticamente. Las condiciones edilicias son determinantes: entre quienes disponen de comedor en su empleo, el 86,3% logra pausar sus tareas para comer, proporción que cae al 62,7% entre aquellos cuyos lugares de trabajo carecen de todo tipo de equipamiento.

Los riesgos fisiológicos de la jornada sin descanso ni nutrientes

Más allá del impacto económico, la alteración del patrón alimentario en el ámbito laboral conlleva severas consecuencias para la salud y la productividad. En diálogo con la prensa, el Dr. Raúl Sandro Murray, presidente de la Sociedad Argentina de Médicos Nutricionistas, advirtió sobre los riesgos del ayuno laboral sostenido y la ingesta deficiente.

"El almuerzo cumple una función fisiológica esencial: permite fraccionar la ingesta energética entre el desayuno y la cena, interrumpiendo el ayuno. Pasar extensiones prolongadas sin alimento genera fatiga, disminución de la capacidad de concentración y deterioro cognitivo en las tareas habituales", explicó Murray.

El especialista remarcó además el fenómeno del "efecto rebote" al concluir la jornada: la falta de nutrientes durante el día provoca que el trabajador llegue a la cena con una sensación de apetito desmedida, favoreciendo la ingesta compulsiva de volumen y dificultando el proceso digestivo nocturno y el descanso reparador.

Respecto a la modalidad de comer mientras se ejecutan tareas frente a computadoras o dispositivos móviles, Murray enfatizó la necesidad del cese de actividad: "El corte no es solo metabólico, es psicológico. Almorzar mientras se responde un correo o se opera en un puesto de trabajo invalida el beneficio restaurador de la pausa".

Frente al escenario de restricción de ingresos, el especialista sugirió priorizar la combinación de alimentos económicos de alto valor biológico: la integración de legumbres (como lentejas o garbanzos) con cereales (arroz), vegetales de estación y proteínas accesibles (como el huevo), esquemas que permiten garantizar los requerimientos nutricionales con un costo sensiblemente menor al del mercado gastronómico comercial.

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