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miércoles 16 de septiembre de 2026

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Mas de la mitad de los argentinos tienen algún tatuaje pero la mayoría experimentó prejuicios

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Lo que durante años fue asociado a la rebeldía, la marginalidad o la contracultura se transformó en una práctica masiva y socialmente extendida. Hoy, el tatuaje ya no distingue minorías ni funciona como marca de excepción: forma parte del paisaje cotidiano y atraviesa generaciones, niveles educativos y contextos sociales en la Argentina.

Un estudio reciente del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) confirmó la magnitud de ese cambio cultural. Según el relevamiento, seis de cada diez argentinos tienen al menos un tatuaje, un dato que grafica con claridad la consolidación de la tinta como una forma legítima de expresión personal y construcción identitaria.

El informe, titulado Radiografía del tatuaje en Argentina, se elaboró a partir de más de 2.000 casos a nivel nacional y descarta que se trate de una moda pasajera. Por el contrario, expone una transformación sostenida en la manera en que las personas narran su historia, sus vínculos y sus experiencias a través del cuerpo.

Entre los datos destacados aparece una marcada diferencia de género. Las mujeres no solo se tatúan en mayor proporción que los hombres, sino que también acumulan más diseños: en promedio, ellas tienen tres tatuajes, mientras que los varones declaran dos. Además, el 32% de las personas tatuadas posee más de seis diseños, lo que refuerza la idea del cuerpo como un archivo biográfico en permanente construcción.

También cambió el sentido de la práctica. La motivación estética, que durante años ocupó el primer lugar, perdió centralidad. Apenas el 7% de los encuestados afirmó tatuarse por una cuestión visual, mientras que el 41% lo hizo por razones simbólicas, emocionales o personales, vinculadas a recuerdos, etapas de la vida o vínculos significativos.

En ese marco, el estudio derriba uno de los prejuicios más arraigados: el arrepentimiento. Solo el 15% de las personas tatuadas manifestó lamentar alguno de sus diseños, un porcentaje bajo que cuestiona la idea del “error de juventud” y refuerza la noción del tatuaje como una decisión consciente y duradera.

Sin embargo, la aceptación social no es homogénea. El ámbito laboral aparece como el principal espacio donde persisten los estigmas. El 75% de los encuestados aseguró haber percibido algún tipo de prejuicio o sesgo en el trabajo por llevar tatuajes visibles, una tensión que se acentúa en profesiones históricamente conservadoras como el Derecho, la Salud o las Finanzas.

En contrapartida, sectores como Marketing, Tecnología, Diseño y Gastronomía muestran altos niveles de tolerancia e incluso valoración positiva. En estos espacios, los tatuajes suelen leerse como un capital simbólico asociado a la creatividad, la autenticidad y la innovación.

Aun con esas diferencias, el estudio deja entrever una perspectiva optimista. Casi la mitad de las personas tatuadas (49%) cree que dentro de 30 años seguirá sintiendo orgullo por sus diseños, lo que consolida al tatuaje como una narrativa personal de largo plazo y no como una marca circunstancial.

En una sociedad donde la práctica ya es mayoritaria, el debate parece desplazarse del plano cultural al institucional: el desafío no es aceptar el tatuaje, sino adaptar los criterios laborales y profesionales a una realidad social que ya cambió su forma de habitar y contar el propio cuerpo.

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