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Catamarca

Alegoría chacarera

La Ciudad de los Topos

07/11/2025 | 

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Los árboles ya no tenían raíces,

y estaban cubiertos de tierra.

Todo tenía un tono sepia,

como una fotografía antigua.

Las calles se hundían en pozos que nunca se cerraban,

y las veredas parecían heridas abiertas.

El aire olía a polvo húmedo,

a cal vieja, a tiempo detenido.

 

Nadie recordaba cuándo comenzaron las obras.

Tal vez con una zanja frente a la plaza,

o con una cañería rota.

Después vinieron otras, y otras más.

Las máquinas se quedaron para siempre,

gruñendo bajo el sol o bajo la lluvia,

como bestias resignadas.

 

Al principio, los vecinos hablaban de progreso.

Después dejaron de hablar.

 

Con el tiempo, empezaron a caminar agachados.

Decían que era por costumbre,

para esquivar los cables, los hierros, los montículos de tierra.

Pero poco a poco ya no podían enderezarse.

Las espaldas se les fueron doblando,

los ojos acostumbrándose a la penumbra,

las manos endurecidas por el barro.

 

De a poco, se mimetizaron con la ciudad:

los rostros se les volvieron del mismo color que las paredes húmedas,

la piel tomó ese tono terroso

que ya no distingue entre carne y suelo.

 

De vez en cuando caían lluvias torrenciales.

No limpiaban nada.

El agua bajaba espesa, marrón,

arrastrando los escombros y el polvo,

mezclando las zanjas con los patios,

los patios con las calles.

Cuando el sol volvía,

todo quedaba cubierto de una película de barro

que el viento no podía levantar.

 

Entonces los vecinos salían con palas,

revolviendo la tierra como si buscaran algo perdido,

pero nadie recordaba qué.

 

A nadie se le ocurría detener las obras.

Era como si la ciudad tuviera un mandato secreto,

una necesidad de cavarse a sí misma hasta desaparecer.

Por las noches, se oía el retumbar de una pala bajo el suelo,

aunque no hubiera nadie trabajando.

Algunos decían que eran los obreros muertos que seguían cavando,

otros que era la ciudad misma,

moviendo sus entrañas para no quedarse quieta.

 

Los mapas dejaron de servir.

Las calles se torcían, se hundían,

se borraban bajo montículos de barro.

Los nombres de las esquinas se desdibujaban,

los patios se convertían en zanjas, las casas en sombras.

 

Y los hombres y mujeres, resignados,

seguían caminando entre el polvo,

sin distinguir ya si eran ellos los que trabajaban la tierra

o la tierra la que trabajaba sobre ellos.

 

Así fue como la ciudad se tragó a sí misma.

No con un temblor ni con un estallido,

sino con una calma obstinada,

del mismo modo en que cae la noche

sobre un pueblo que ya no espera el amanecer.

 

Solo quedó el silencio húmedo,

el olor a tierra,

y el recuerdo vago de un lugar

que alguna vez tuvo cielo.


 

Bea




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