Por Silvia Fesquet
Hacía un tiempo que Christine Bayka se preguntaba qué estaba pasando. Fundadora de The Moggery, un refugio para animales de Bristol, veía que los gatos negros -considerados de buena suerte en Inglaterra- eran rechazados a la hora de las adopciones. La situación, que se replicaba en otros establecimientos, llegó hasta la bicentenaria Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals. La conclusión fue asombrosa: la gente no quiere mascotas negras porque “no quedan bien” en las selfies.
Aunque parezca que fue hace un siglo, en esta Argentina que va de escándalo en escándalo, entre el fentanilo contaminado, el salvajismo en Independiente, los audios de la sospecha y sus derivas, hace apenas ocho días se cerraron las listas para las legislativas de octubre. Y una de las sorpresas fue la inclusión de una enorme cantidad de influencers, modelos y mediáticos de toda laya.
En este tiempo, que algunos han dado en llamar de narcisismo de masas, donde todo pasa por las redes sociales, la convocatoria a tantos nombres “famosos” o a tantas caras y cuerpos vistosos, tal vez se emparente, por oposición, con el fenómeno del gato negro: en busca de seguidores, atraídos por la fama o por las curvas y siliconas de tantas candidatas, cuyos méritos son “amar las ideas de la libertad”- así de genérico-, querer mucho a los animales, o haber tenido una revelación cósmica y lanzar frases “inspiradoras” dignas de figurar en los sobrecitos de azúcar, se las,- y también, los - busca para garantizarse presencia en las redes, visibilidad y rating, que tal vez se traduzca en votos. Además de, en algunos casos, obediencia debida a rajatabla.
Muchos de estos personajes no han deslizado una sola idea vinculada con una propuesta política. Parecería que tampoco hace falta: sí se han demostrado fuertemente indignados, no importa mucho con qué, y esa parece condición suficiente para aspirar a una banca en el Congreso.
En tiempo de vociferaciones, la ira paga. Aunque claramente no basta. Que los políticos profesionales decepcionen no implica que los que no lo son, los outsiders, vayan a ser mejores sólo por venir de otro ámbito.
Es una falacia que se repite como un mantra. El problema no es la política; el problema son los malos políticos. Que los hay como en todas las profesiones. Los que defraudan el mandato que recibieron, los que se ocupan del bien, o de los bienes, propios en vez del bien común, los que buscan el poder a como dé lugar, - a veces con una obsecuencia vomitiva- como un fin en sí mismo y no como un medio para encarnar un proyecto que sirva a la sociedad y al país, y varios etcéteras más.
El Indice de Percepción de la Corrupción 2024, dado a conocer este año y que elabora Transparency International, no arrojó un buen resultado para la Argentina; obtuvo el mismo puntaje que el año anterior, durante la administración de Alberto Fernández: 37 puntos sobre un total de 100, siendo 100 el menos corrupto. Quedó en el lugar 99 entre 180 países, consagrándose como más corrupta que Cuba, Ghana, Zambia o Tanzania y al mismo nivel que Etiopía.
Acá nomás, Chile obtuvo 63 puntos y, cruzando el charco, Uruguay sacó 76: es menos corrupto que Estados Unidos, que alcanzó 65.
¿Qué mide este Indice? Los consultados, expertos y ejecutivos de empresas, responden acerca del grado de corrupción que perciben en el sector público. Los temas son soborno, desvíos de fondos públicos, funcionarios que usan el cargo para conseguir beneficios personales sin ser sancionados, capacidad de los gobiernos para contener la corrupción, designaciones por mérito o por nepotismo en la función pública y acceso de la sociedad civil a la información sobre asuntos públicos, entre otros.
Fue antes del caso $Libra.
Clarin
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