28/08/2021 |
Agustina Vivero apenas rozaba los 15 años cuando, en 2006, decidió crearse una cuenta en Fotolog, una antigua y desaparecida red social.
Su incipiente adolescencia la invitaba a formar parte del mundo cibernético, sin importar los costos. Sabía que en su casa no podían destinar el sueldo a alguna compañía de Internet y tenía que ingeniárselas. Por eso juntaba de a centavos para pagarle por hora al dueño del cyber y mantener su perfil actualizado, pero, al regresar, su vida era la de siempre: en el conventillo en el que residía debía compartir un baño con otras 10 familias.
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Agustina junto al grupo de amigos de sus épocas de Cumbio: con ellos solía juntarse en el Abasto. Foto: Lucía Merle
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Tras su explosión en las redes, Agustina fue asistente de producción del ciclo de Mirtha Legrand. Foto: Instagram
Cumbio se convirtió sin buscarlo en la primera influencer de la Argentina. Desde las escalinatas del Abasto Shopping, donde cientos de floggers se reunían a venerar a la abanderada de su cultura, rememora esas épocas junto a Clarín. "Siempre -analiza- me gustó muchísimo, pero nunca pensé que eso se iba a poder transformar en un trabajo. De hecho, en la época de Fotolog, no se monetizaban las redes ni se podía vivir de eso. Yo había sacado un libro y tenía algunos ingresos de presencias, pero no era algo que veía como rentable".
-¿Cuál fue la clave de tu éxito en Fotolog?

Una captura pantalla de la antigua cuenta de Fotolog de Cumbio: "Empecé a subir fotos besándome con mi novia, que era algo novedoso".
-Decís que tu cuenta era una suerte de "refugio" para otros. ¿Cómo hacías para manejar eso siendo tan chica?
-No sabía manejarlo. Por un lado, yo nunca había estudiado actuación o canto y no buscaba ser famosa, no era el sueño de mi vida. Fue algo que surgió. Había chicas que me escribía para decirme: "Gracias a vos en mi casa podemos hablar de que me gustan las chicas". Ahí entendí que tenía que manejarlo con responsabilidad. Lo fui surfeando como pude, porque pasaron cosas por las que me criticaron mucho también... Pero los entiendo.
-¿Qué cosas?
-Y, en ese momento por ahí surgían peleas o alguien me insultaba y yo me defendía, entonces mezclaban la violencia con el movimiento del Fotolog, y no era lo más importante. Lo más importante era todo el movimiento que se estaba generando con la idea de que los chicos vinieran acá, al Abasto, no gastaran plata y se pudieran divertir. Lo hacíamos por una cuestión de seguridad. Y yo lo fui manejando como pude, siempre con el apoyo de mi familia.
-¿Te dio miedo en algún momento estar tan expuesta?
-Me pasaban cosas. Por ejemplo, en el Secundario me hacían mucho bullying. De hecho, al último año lo dejé: lo cursé libre y aprobé todas las materias, pero fue una decisión muy difícil para mí y para mi familia, que no estaba tan contenta con eso. La estaba pasando realmente mal, y para mí siempre era muy importante que el mensaje principal sea que hay que estudiar como sea. Pensaba: "Si hay un montón de chicos viendo esto, no puede ser que el mensaje sea que en la escuela es todo malo, porque no es así". Tenía que tener cuidado y ser responsable con muchas cosas, y creo que siempre lo hice lo mejor que pude. Bueno, salvo alguna pelea que hubo.
Agustina peleaba, pero no mostraba sus puños. Lo hacía desde otro lugar, en el que buscaba derribar los prejuicios que se le adosaban por pertenecer "a tantas minorías", como describe: "Era pobre, lesbiana, me gustaba la cumbia, venía del barrio y encima salía de las redes sociales".
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Agustina fue parte de "Polémica en el bar", ciclo en el que manejó las redes. Foto: Instagram
-¿Cómo hiciste para superar esa situación?
-Yo me daba cuenta de que era un montón todo lo que estaba pasando y a algunas cosas no las sabía manejar. Me acuerdo que una vez mi mamá fue a hablar con la subdirectora y le dijo que era mi culpa porque tenía exposición y desde el colegio no sabían manejarlo. Ahí noté que lo que me pasaba era algo novedoso y la gente no quería aprender a manejarlo, por eso yo tenía que ver como lidiar con eso. Ahí empecé a entender que había un montón de cosas que no dependían de mí. Hoy, con más tiempo y mayor educación, puedo verlo de otra forma: ignorarlo, defenderme de otras formas... Es un proceso personal. Ahora hago terapia, pero en ese momento hice lo que me parecía mejor.
-Con todo lo que pasaste, ¿en algún momento te arrepentiste de haber creado a Cumbio?
-Me acuerdo que una vez la pasé muy mal y pensé: "¿En qué me metí?". Habían pasado mi teléfono y me mandaban muchas cosas. Justo Fotolog se estaba apagando un poco y mucha gente se arrepentía de haber sido flogger... Hoy también pasa. Me criticaban mucho por ser lesbiana. Me pasaba esto de salir a la calle y que me gritaran cosas feas. Pensaba: "¿Qué voy a hacer ahora? No pudo atender un kiosco porque me van a volver loca o me van a romper el vidrio por ser lesbiana". Después la vida le fue dando un giro y empecé a darle más poder a todo lo positivo. Si vino The New York Times a entrevistarme como la primera en traspasar las pantallas en el mundo no podía estar mal lo que hice. Y si ser lesbiana es un deseo genuino de mi corazón que no le hacía mal a nadie, tampoco.
Cuando la euforia de Fotolog empezó a amainar, Cumbio eligió volver a ser Agustina. Se inscribió en la Universidad de Palermo, donde estudió Comunicación Audiovisual, y prometió volver a hablar en algún medio cuando tuviera algo nuevo para contar. Así fue. "Las ganas de hacer algo son más importantes que el conocimiento que tenés. Y yo quería progresar", insiste.
-¿Preferiste estar detrás de cámara o simplemente no tuviste la oportunidad de ocupar otro rol?

Agustina junto a Marcelo Tinelli, de quien maneja las redes sociales de su programa.
-Llegaron Facebook, Twitter, después Instagram... ¿En algún momento intentaste lograr lo mismo que con Fotolog?
-Cuando apareció Facebook bajé muchísimo mi actividad en las redes delante de la pantalla. Pero detrás siempre estuve investigando, atenta a lo que se venía, y en aquella época quería estar, pero no manejar el nivel de exposición de antes. Me dediqué más a estudiar y a trabajar. Hoy las redes sociales son vitales: si no estás, prácticamente no existís.

"La Agustina del presente tiene muchas más herramientas gracias a Cumbio", analiza hoy. Foto: Instagram
-¿Y hoy? ¿Cómo conviven Agustina y Cumbio?
-Muy bien. La Agustina del presente tiene muchas más herramientas gracias a Cumbio y le debe muchísimo. Pasé de compartir un baño con 10 familias a estar de viaje en el Caribe invitada por una productora por Cumbio, a estar en un all inclusive en Brasil... Viví muchas cosas que me dieron un abanico de herramientas realmente bueno para mi futuro.
-O sea que a pesar de las cosas malas que pasaste, no te arrepentís...
-No, para mí Cumbio fue lo mejor que me pasó en la vida. Estoy orgullosa de lo que hice, de lo que conseguí y no hubiese logrado todo lo que logré si no hubiese sido por Cumbio, por el movimiento del Fotolog o el apoyo de la gente. Les debo mucho a todos los que me apoyaron y también a los que no, porque eso le dio visibilidad a mi trabajo.
Fotolog, la red social que fue furor

Una de las imágenes que Agustina Vivero compartía en Fotolog.
Cumbio, quien reunía a miles y miles de seguidores, era la referente del movimiento que agrupó a sus usuarios en una tribu urbana: los floggers. Quienes se autopercibían de esa manera, además de contar con un perfil en la red, solían lucir chupines de colores, remeras escote en v y peinados lacios con un flequillo de costado que cruzara toda la frente.
Si bien Facebook apareció en 2004, su época de furor llegó cuatro o cinco años más tarde, cuando la fiebre de Fotolog empezaba a apagarse. Luego se le sumó Twitter y, con la irrupción de Instagram, la idea de subir imágenes editadas sin un límite tan estricto superó ampliamente a la primera red social masiva.
Fotolog terminó cerrando en 2016 sin previo aviso, aunque la mayoría de sus usuarios ya habían dejado la aplicación en el olvido: algunos hasta cerraron sus cuentas mucho tiempo antes. A los meses volvió a la web y, más allá de un intento por relanzarlo en 2018, en 2019 se despidió definitivamente. clarín
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