La sensación de culpa y el dolor por no verla crecer acompañó cada cumpleaños, cada celebración de la familia, durante los últimos 48 años. El amor de Ana Paula llegó justo a tiempo, antes de que tanta angustia los derrumbara: “Yo siempre dije que mi alma no estaba entera, y creo que cuando escuché ese `hola mamá’, fue como que ya no quería morir. Quería seguir viva, no quería que me pasara nada. Quería verla y abrazarla”, detalla la mujer de 62 años.
Por encontrarse en medio de la pandemia, viviendo Dévora en La Plata y Ana Paula en Bragado, estuvieron un mes hablando por videollamada hasta que finalmente se pudieron abrazar: “No dormíamos. Yo decía: ‘A ver si desaparece’. Es un sueño del que no quería despertarme. Creo que hasta ahora, no me quiero despertar porque me parece que va a desaparecer”, repite la mamá.
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Una foto de Ana Paula de chiquita. Foto: gentileza de la familia.
“Lo tengo, me dicen que es un varón y obviamente que no lo quería soltar. Para esto, me venían diciendo que para mí era lo mejor. Que era chica, que tenía que estudiar, que tenía que rehacer mi vida”.
La búsqueda del origen
Por su parte, Ana Paula sostiene que pese a no tener recuerdos de esos momentos, siente que algo en su memoria quedó: “Me impulsó desde pequeña a buscar a mi mamá, a sentir que no pertenecía a mi familia de crianza”.
La certeza que la llevó a los brazos de su mamá
Por eso, durante la hora de la siesta ella revisaba los papeles, buscando algún indicio de que no pertenecía allí. A los 25 años no aguantó más y viajó a La Plata, a la casa de una tía de crianza: “Ella estaba pelando papas en la cocina, de espaldas a mí y yo le dije ‘viste que al final me dijeron la verdad, que soy adoptada’. Cuando se dio vuelta, vio en mi cara que era ella quien me estaba confirmando mis sospechas”.
En la casa, también estaba el hijo de ella, que había sido adoptado legalmente. “Por fin te enteraste”, le dijo.
Junto a su primo, Ana Paula fue a la casa de la partera. Tiempo después, sabría que su abuela materna la había entregado y que la partera había sido quien había decidido venderla. “Yo fui comprada. Al llegar, la partera estaba en la puerta. Me dijo que había nacido allí y no quiso darme más información. Yo sentí que ese era el lugar en el que tal vez iba a estar más cerca de mi mamá”.
De allí, fue a la casa de la mujer que la crió a la que obligó a que le dijera la verdad. Ya sin excusas ni forma de sostener la versión con la que la habían engañado toda su vida, confirmó que no eran sus padres: “Desde ese momento golpeé puertas en la secretaría de Derechos Humanos, fui a Abuelas, escribí a programas como Gente que busca Gente, pero sabía que era buscar una aguja en un pajar”.
Una hermana y una prima que buscaban a un varón
Paralelamente a la búsqueda de Ana Paula, sus papás biológicos le contaron a sus otros hijos la historia de cómo, cuando eran adolescentes, les habían arrebatado de sus brazos a su bebé: “Papá y mamá les contaron a mis hermanos que yo había nacido el 1° de noviembre de 1972. Que habían tenido un bebé y que mi abuela lo había entregado a la partera”.
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El posteo del encuentro y el ADN con 99,9% de coincidencia
El 27 de abril de 2019, Ana Paula escribió: “Hoy como muchas veces te pienso mamá. Pero no me pregunto qué pasó exactamente ese fin de octubre o principio de noviembre de 1972. Quiero encontrarte, miro el cielo y sé que estás”. El texto es extenso y al final, compartió las fotos en las que su prima, creyó ver a una de las hermanas.
El abrazo que esperó 48 años
Al momento de la llamada, Ana Paula recuerda que estaba junto a su esposo y que cuando atendieron, ella vio la cara de su madre y lo primero que le salió fue decirle “mamá”: “Mi papá lloraba y ella me decía ‘mi amor’”.
Después llegó el primer abrazo. “Por el tema de los permisos y la logística para viajar se demoró un mes. En realidad, fueron tantas cosas que me pasaron también internamente al saber que iba a finalmente verlos que creo que eso también necesitó de un tiempo para procesar las emociones”, explica.
La lucha por restituir su identidad y por un banco de ADN
Más allá de la felicidad por haber encontrado a su familia biológica, para Ana Paula la lucha aún no termina. Legalmente, en los papeles, sigue siendo Marcela Elías, el nombre que esas personas le pusieron cuando la compraron. “Uno firma con un nombre, que nos acompaña en todo lo que hacemos, que nos identifica y yo necesito recuperar mi identidad de origen, mi nombre”, cuenta.
Desde que se enteró de quien era, cuál era su verdadera familia, busca incansablemente a un abogado que la ayude para que su historia siente un precedente: “Lo mío no es un cambio de identidad, es un restablecimiento de nombre de origen, con el que siempre tendría que haberme llamado, Ana Paula Tolosa Safigueroa”.
En ese camino hacia el reconocimiento de su verdadera identidad, Ana Paula reclama que para poder ser llamada con el nombre de origen, debe renunciar a todos los bienes de Marcela Elías: “Uno de los grandes problemas es que pese a que Marcela Elías es una identidad falsa, vivió 48 años e hizo mucho”.
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Los hijos son los que buscan
Dévora no puede ocultar la emoción que le surge al hablar de Ana Paula y el camino que recorrió sola hasta llegar a ellos: “Los hijos te buscan, ella lo hizo y la admiro y es mi orgullo porque no paró hasta encontrarnos”.
Por eso es que cuentan su historia, para impulsan a otros hijos y a otras madres a que no paren de luchar por encontrarse: “No hay palabras, sé que nosotras vamos a sanar, que nos va a llevar un tiempo, espero que no sea muy largo, pero sé que vamos a curar tantos años de dolor porque estamos juntas. A quienes estén en una situación familiar queremos decirles que se puede, que busquen y que no bajen los brazos nunca”. TN
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