13/08/2026 |
Los vuelos clandestinos utilizados para transportar cocaína dejaron de ser una sospecha aislada para convertirse en una modalidad que preocupa cada vez más a las autoridades del norte argentino. Salta aparece como la principal puerta de entrada desde Bolivia, pero Tucumán y Santiago del Estero también forman parte de una estructura logística que combina avionetas, pistas clandestinas, campos rurales, vehículos de apoyo y grupos especialmente organizados para recibir y trasladar los cargamentos.
Los casos investigados durante 2026 permitieron reconstruir parte del funcionamiento de estas organizaciones. En los primeros seis meses del año fueron detectados más de 190 vuelos irregulares, prácticamente uno cada 36 horas. Sin embargo, las autoridades sólo pudieron vincular directamente cinco de ellos con el transporte de cocaína, una diferencia que refleja las dificultades para determinar qué ocurre detrás de cada aeronave que circula fuera de las reglas establecidas.
El sistema funciona mediante una marcada división de tareas. No existe necesariamente una persona que controle toda la operación sobre el terreno. Las organizaciones distribuyen las funciones entre pilotos, acompañantes, conocedores de las zonas rurales, receptores de la droga, personas encargadas de descargar los paquetes, conductores y responsables de los centros de acopio.
Esa fragmentación también sirve para proteger a los niveles superiores de la organización. Quien recibe los paquetes puede desconocer quién financió la operación; el conductor puede no conocer al piloto y quienes almacenan la cocaína pueden tener contacto únicamente con un intermediario.
Uno de los primeros pasos es conseguir la aeronave y el piloto. De acuerdo con investigaciones judiciales citadas en los expedientes analizados, las organizaciones captan pilotos jóvenes en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, y pueden utilizar aeronaves robadas o con matrículas duplicadas. La droga sería recogida en zonas del sur de Perú o del norte de Bolivia antes de iniciar el recorrido hacia territorio argentino.
Las bandas también fueron modificando las aeronaves elegidas. Una de las que aparece mencionada es la Cessna 210 Centurion, valorada por su velocidad, autonomía y capacidad de carga. Puede superar los 300 kilómetros por hora y alcanzar una autonomía de alrededor de 1.600 kilómetros. Además, puede operar en pistas relativamente cortas o caminos rurales preparados para recibirla.

Esto permite comprender por qué el tráfico aéreo representa un desafío especial. La avioneta puede cruzar grandes distancias, descargar cientos de kilos y, dependiendo del recorrido, regresar sin necesidad de permanecer demasiado tiempo en territorio argentino.
Las investigaciones muestran dos modalidades principales. Una consiste en aterrizar, descargar rápidamente los paquetes y eventualmente cargar combustible para iniciar el regreso. La otra es arrojar la droga desde el aire en un lugar previamente establecido, mecanismo conocido como “bombardeo”.
Para cualquiera de las dos alternativas es indispensable la participación de una estructura terrestre.
Allí aparecen los llamados baqueanos, personas que conocen caminos, campos y zonas rurales. Su tarea puede resultar determinante para seleccionar el lugar donde se realizará la operación y organizar el movimiento posterior de la mercadería.
Una vez que la cocaína toca tierra, comienza una carrera contra el tiempo. Los grupos encargados de recibirla deben retirar los paquetes antes de que aparezcan las fuerzas de seguridad, trasladarlos en camionetas u otros vehículos y llevarlos hasta un lugar donde puedan permanecer ocultos.
Un caso ocurrido en Rosario de la Frontera permitió observar esa mecánica. Según la acusación fiscal, dos pilotos bolivianos cargaron cocaína en una Cessna en Bolivia, cruzaron la frontera sin presentar un plan de vuelo y utilizando una ruta no autorizada, y aterrizaron en una pista clandestina de una finca. En tierra los esperaba otro grupo encargado de recibir la carga, almacenarla y posteriormente enviarla hacia Córdoba o Buenos Aires.
La velocidad de respuesta de estas estructuras quedó expuesta también en Santiago del Estero. Una avioneta Cessna 150 apareció abandonada en un bañado entre las localidades de Argentina y Selva. Cuando llegaron los investigadores no encontraron cocaína y la matrícula de la aeronave resultó apócrifa. La hipótesis judicial sostiene que sus ocupantes habrían sido rescatados y que la organización pudo retirar el cargamento antes de la llegada de las autoridades.
Tucumán también aparece dentro del circuito. El 4 de junio, Gendarmería detuvo en el sur provincial a un hombre que trasladaba 470 kilos de cocaína en una Toyota Hilux. La principal hipótesis de los investigadores es que el cargamento habría llegado por vía aérea hasta algún punto del departamento Famaillá y luego fue colocado en el vehículo. El destino inmediato habría sido un campo de Atahona, donde la droga sería ocultada antes de continuar hacia Santa Fe o Buenos Aires.
Los distintos episodios muestran así un patrón: avión, punto de descarga, vehículos terrestres, centro de acopio y posterior distribución hacia los grandes mercados consumidores.
Pero uno de los aspectos que más preocupa es dónde aterrizan esas aeronaves.
Según los datos de la ANAC citados en la información analizada, el NOA cuenta con decenas de pistas declaradas, además de aeropuertos y helipuertos. A ellas se suman los lugares no habilitados que eventualmente podrían utilizar las organizaciones criminales: caminos rurales, campos acondicionados y terrenos alejados de los centros urbanos.
El problema no se limita a las pistas clandestinas. Las investigaciones advierten sobre las dificultades para mantener controles permanentes en la enorme extensión territorial del norte argentino. Una aeronave puede mezclarse además con la actividad aérea lícita que existe en zonas agrícolas.
El fiscal federal de Salta Ricardo Toranzos advirtió que las organizaciones modifican sus métodos cuando las autoridades descubren una modalidad y que el tráfico aéreo se volvió más sofisticado. También señaló que actualmente se observan operaciones de 300 o 400 kilos de cocaína mediante avionetas que aterrizan en campos o rutas del interior.
La geografía juega un papel central. Salta continúa apareciendo como el principal punto de ingreso de vuelos clandestinos procedentes de Bolivia. Durante 2026 se investigaron allí aeronaves abandonadas, aterrizajes sospechosos y vuelos a baja altura denunciados por habitantes de zonas rurales.
Pero superar la frontera no significa que termine el viaje. Por el contrario, comienza la segunda etapa.
Desde Salta pueden establecerse corredores terrestres hacia Santiago del Estero y Tucumán y desde allí continuar hacia el centro del país. Las investigaciones mencionan también alternativas hacia Chaco y Corrientes y conexiones posteriores con Brasil o Paraguay.
La ruta 34 aparece señalada como uno de los ejes terrestres relevantes después del ingreso de los cargamentos.
El fenómeno explica por qué las investigaciones ya no se concentran exclusivamente en interceptar una avioneta. El verdadero desafío es reconstruir toda la organización: quién financia la compra de la cocaína, quién consigue la aeronave, quién contrata al piloto, quién establece el lugar de aterrizaje, quién recibe los paquetes, quién proporciona los vehículos, dónde se almacena la droga y quién administra y lava posteriormente las ganancias.
La fragmentación dificulta llegar hasta los responsables de mayor jerarquía. Los integrantes ubicados en los niveles inferiores son los más expuestos: pilotos, choferes y personas que reciben los cargamentos. Por encima puede existir una estructura mucho menos visible, protegida mediante intermediarios, empresas y operaciones destinadas a ocultar el origen del dinero.
Los procedimientos registrados en Salta, Tucumán y Santiago del Estero muestran que el tráfico aéreo de cocaína ya no puede analizarse únicamente como el cruce clandestino de una avioneta desde Bolivia. Se trata de una cadena logística que comienza fuera del país, atraviesa el espacio aéreo del norte argentino y continúa por tierra hacia los principales centros de distribución.
Los cuatro casos recientes recopilados en la región muestran justamente ese patrón: aeronaves que atraviesan la frontera sin autorización, pistas precarias o clandestinas, apoyo terrestre y organizaciones capaces de recuperar cargamentos en pocas horas.
Y ese es posiblemente el dato más relevante del fenómeno: el vuelo es apenas una parte del negocio. Cuando la avioneta desaparece del cielo, la cocaína todavía debe atravesar cientos o miles de kilómetros por tierra. Detrás quedan otros engranajes de una organización preparada para recibirla, esconderla, transportarla, venderla y finalmente convertir el dinero del narcotráfico en ganancias aparentemente legales. tucumandespierta.com
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