Capítulo II
Todos dicen que fue un accidente.
Me pregunto si alguna vez se detuvieron a pensar qué significa realmente esa palabra.
Un accidente es una rama que cae durante una tormenta.
Un accidente es un vaso que resbala de las manos.
Pero un hombre no llega hasta un coma por accidente.
Para llegar hasta aquí primero hay que recorrer un camino demasiado largo.
Mi historia empezó mucho antes de que una ambulancia me llevara con el cuerpo roto.
Quizás empezó antes incluso de que abriría los ojos.
Debía nacer el once de mayo de mil novecientos ochenta y ocho.
El obstetra le dijo a mi madre que, si esperaba unas horas más, me llamaría Mamerto porque ese era el día de Fray Mamerto.
Ella sonrió.
Y decidió que naciera el diez.
Nunca supe si un solo día puede cambiar una vida.
A veces me gusta pensar que sí.
Que aquel día menos dentro del vientre me volvió demasiado sensible para este mundo.
O demasiado ingenuo para aprender a defenderme de él.
Mi hermano mayor siempre se reía cuando decía esas cosas.
Él necesitaba entender el sufrimiento.
Por eso decidió estudiar psiquiatría.
Yo elegí otro camino.
Me hice abogado.
Nunca supe si fue una decisión realmente mía o si, en el fondo, siempre intenté parecerme un poco a él.
Los hermanos nunca se parecen tanto como cuando intentan ser distintos.
Fue él quien me enseñó a jugar al ajedrez.
Todavía recuerdo sus manos acomodando las piezas con una paciencia infinita.
Me explicó que el caballo era la única pieza capaz de saltar sobre los demás.
Creo que me enamoraré del juego ese mismo día.
Al principio me dejaba ganar.
Después dejó de hacerlo.
Ya no hacía falta.
Muy pronto empecé a derrotarlo.
Y nunca volvió a ganarme.
Mientras él pensaba una jugada, yo ya había imaginado varias más.
Ni siquiera cuando la enfermedad empezó a instalarse silenciosamente dentro de mí déjé de ganarle.
La gente empezó a verme como un adicto.
Mi hermano seguía viendo al chico que le ganaba al ajedrez.
Nunca dejó de hacerlo.
Hay personas que conservan la memoria de quienes fuimos incluso cuando nosotros empezamos a olvidarnos.
Recuerdo otra escena.
Tendría seis años.
Mi madre decidió pedir ayuda.
Entramos al despacho de una jueza.
Nunca pude olvidar su apellido porque siempre me recordaba al perfume del azahar cuando florecen los naranjos en Catamarca.
No entendía de leyes.
No entendía de expedientes.
No entendía de política.
Solo entendía la expresión de mi madre.
Entró sosteniendo una esperanza.
Salió manteniendo un silencio.
Los niños no recuerdan las palabras de los adultos.
Recuerdan las caras.
Y aquella tarde aprende que existen derrotas que empiezan mucho antes de perder.
Con los años mi padre se marchó.
No recuerdo el ruido de la puerta.
Recuerdo el vacío que dejó después.
Mi hermano mayor dejó por un tiempo la facultad para volver y cuidar de nosotros.
Nunca dejó de protegernos.
Ni siquiera cuando la vida le pedía que construyera la suya.
Pero fui yo quien salió a caminar por la ciudad buscando un lugar donde pudiera ayudar a mamá.
Todavía era un niño.
No sabía qué enfermedad tenía.
Ni siquiera sabía ponerle nombre a lo que estaba ocurriendo.
Solo sabía que mi madre sufría.
Entré en una clínica.
Pedí un folleto.
Volví a casa con un papel doblado entre las manos.
—Mamá… creo que aquí pueden ayudarte.
Ella aceptó.
Con el tiempo supe que aquella clínica apenas comenzaba.
Mi hermano habló con personas, abrió puertas e hizo todo lo posible para que pudiera trabajar con las obras sociales de Catamarca.
Los dos creímos que aquello significaba esperanza.
Muchos años después, cuando fui yo quien necesitó ser internado, esa misma clínica ya no tuvo un lugar para mí.
Nunca pregunté por qué.
Hay respuestas que llegan demasiado tarde.
Y otras que nunca llegan.
Ahora todos dicen que fue un accidente.
Quizás sea más cómodo.
La palabra accidente tranquiliza las conciencias.
Hace creer que todo empezó aquella tarde.
Yo no.
Yo sé que las tragedias nunca aparecen de golpe.
Empiezan el día en que un niño aprende a reconocer el miedo en los ojos de su madre.
Empiezan cuando alguien deja de escuchar.
Cuando otro deja de mirar.
Cuando una persona deja de tener nombre y pasa a convertirse en una etiqueta.
A mí terminaron llamándome adicto.
Mi hermano nunca dejó de llamarme por mi nombre.
Y, ahora que el mundo cree que ya no puedo hablar, sigo pensando que esa fue la única diferencia que realmente importó.
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