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Hay tragedias que no empiezan el día del accidente

01/08/2026 | 

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Todavía siento los huesos dentro de mi cerebro.

No estoy muerto.


La muerte tiene una elegancia que yo todavía no conozco. La muerte termina las preguntas. Yo sigo lleno de ellas.


Dicen que estoy en coma.


Los escucho decirlo con la tranquilidad con la que se dicen las palabras que pertenecen a otros. Coma. Traumatismo. Pronóstico. Secuelas. Les gusta hablar de mi cerebro porque no saben hablar de mi vida.


Mi vida no empezó en una cama de terapia intensiva.


Ni sobre una moto.


Ni en una ambulancia.


Mi vida empezó mucho antes de que alguien decidiera escribir una parte médica.


Hay un momento en que el cuerpo deja de responder, pero la memoria se vuelve insoportablemente nítida. Yo estoy ahí. Encerrado. Sin poder mover un dedo. Sin poder abrir los ojos. Sin poder decirles que todavía estoy aquí.


Si alguna vez despierto, quizás no recuerdes nada.


Pero ahora lo recuerdo todo.


Recuerdo el olor de una casa donde un niño aprendía demasiado pronto que los adultos también podrían desaparecer sin irse de ningún lado.


Recuerdo el ruido de las puertas cerrándose.


Recuerdo las discusiones que intentaban hablar en voz baja para que los hijos no escucharan.


Los hijos siempre escuchan.


Solo que nadie les preguntó qué entendieron.


Yo tenía ocho años cuando descubrí que el miedo puede convertirse en domicilio.


No sé si aquel fue el día en que le pedí a mi hermano que me sacara de allí.


O si fue otro.


Los recuerdos importantes nunca tienen fecha. Tienen cicatrización.


Lo que sí recuerdo es que nadie vino.


Nadie.


Con el tiempo aprenden que las tragedias familiares rara vez empiezan con un disparo. Empiezan con una frase.


«No es para tanto.»


Después vienen otras.


«Ya se le va a pasar.»


«Tiene que poner voluntad.»


«Sin exageraciones.»


Las tragedias siempre hablan en diminutivo antes de hablar en pasado.


La gente cree que las adicciones empiezan con una sustancia.


Yo creo que empiezan mucho antes.


Empiezan cuando un niño deja de sentirse a salvo.


Empiezan cuando el miedo encuentra una habitación donde vivir.


Empiezan cuando pedir ayuda se convierte en un acto inútil.


Después llega la droga.


Pero la droga nunca llega sola.


Trae consigo todo lo que estaba esperando.


Muchos años más tarde me llamaron adicto.


Ninguno de los que me llamó así quiso saber primero quién había sido yo.


Nadie nace deseando anestesiarse.


Uno aprende.


Aprende a llamar.


Aprende a aguantar.


Aprende a sobrevivir.


Y un día descubre que sobrevivir también puede convertirse en una enfermedad.


Mi hermano nunca dejó de buscarme.


Cuando yo ya no era capaz de creer en mí, él seguía golpeando puertas.


Pedía ayuda.


Pedía una internacionalidad.


Pedía que alguien entendiera que la libertad de un enfermo puede convertirse en su condena cuando la enfermedad le ha robado la capacidad de elegir.


Le responderían con procedimientos.


Con formularios.


Con plazos.


Con informes.


Mientras tanto, mi cabeza seguía llenándose de ruido.


Qué curioso.


Ahora que mi cerebro está roto, todo a mi alrededor parece mucho más silencioso.


El último día no buscaba morir.


Solo estaba cansado.


Mi madre volvió a debatirse entre la vida y la muerte.


Yo sentí que el peso del mundo cabía entero dentro de mi pecho.


Subí a la moto porque todavía no sabía cómo bajarme de mi propia vida.


Después ocurrió el golpe.


No recuerdo el impacto.


Recuerdo el instante anterior.


El aire.


El miedo.


Y una certeza extraña.


Como si una parte de mí hubiera comprendido que aquella caída no empezaba allí.


Todavía siento los huesos.


No sé cómo explicarlo.


Es como si el cráneo conservara memoria.


Como si el cuerpo insistiera en repetir el último segundo una y otra vez.


Todavía siento que me falta el aire.


Todavía intento respirar dentro de un cuerpo que ya no me responde.


Pero hay algo que duele más que cualquier fractura.


No puedo dejar de preguntarme cuándo empezó realmente todo.


Si comenzó el día en que mi cabeza golpeó el asfalto.


O muchos años antes.


Cuando un niño de ocho años pidió ayuda.


Y los adultos siguieron hablando entre ellos, convencidos de que todavía había tiempo.


...Próximo capítulo:

¿Realmente fue un accidente?



 
 
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