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El que se quema con leche...
11/09/2026 | Hay miedos que no se te van con la edad ni se curan con el diario del lunes.
En 1982 yo era un muchacho en esta misma ciudad, Buenos Aires, mirando de reojo los diarios y sintiendo cómo el estómago se me hacía un nudo cada vez que sonaba el timbre o pasaba un patrullero.
Formaba parte de una clase (1956) que, por esas carambolas de la vida, se había quedado exceptuada del servicio militar obligatorio. Un milagro del bolillero de la vida que en su momento se festejó de rodillas. Pero cuando los militares empezaron a manotear el padrón para convocar reservistas, se me terminó la tranquilidad de un plumazo.
Mientras la televisión mostraba la Plaza de Mayo y otras del interior repletas de gente cantando el himno y festejando la locura, yo temblaba en la trinchera de mi casa. Literalmente. Rezaba para que a ningún iluminado con galones se le ocurriera desempolvar un cuaderno y llamarme a mí o a mis amigos.
El pánico a que te arrastren como carne de cañón no se olvida nunca más; es una marca a fuego en el cuerpo.
Por eso hoy, cuando prendo la tele y veo a un Presidente ponerse solemne, educado y circunspecto en Cadena Nacional para dar discursos inflamados sobre el Atlántico Sur, a mí no me corre un frío patrio por la espalda: me corre un frío de espanto.
El refrán no falla: el que se quema con leche, ve una vaca y llora.
Mi desconfianza no es falta de amor a la camiseta; es la memoria viva del tipo común que casi termina pagando el pato por la irresponsabilidad de un puñado de guapos de escritorio.
Aclaremos los tantos: lo de sancionar a las petroleras que vienen a raspar el fondo del mar en el yacimiento Sea Lion o apretarle las tuercas a los que pescan de guapos con licencias piratas, está impecable.
En los papeles, ponerles un freno financiero y jurídico desde el derecho internacional es lo que corresponde. Pero una cosa es la estrategia de un país serio y otra muy distinta es subirse al pony apuntando con un revólver de plástico.
A muchos aplaudidos y aplaudidores los miro como a un fenómeno digno de estudio de laboratorio. Algunos andan muy sueltos de cuerpo, demasiado, podríamos decir,
jugando a que son la maravilla de la creación, rodeados de unos tipazos tan veloces que en su terruño se dice que el más lento corre a una liebre a la carrera y se la come en el camino.
Si el circo de obsecuentes e inescrupulosos que los aplauden ya da bastante vergüenza ajena, lo que a mí me aterroriza de verdad son los conversos. Esos son los peores.
Los que ayer militaban una cosa y hoy se rasgan las vestiduras con la fe de los conversos, dispuestos a pasarse de rosca con tal de demostrar lealtad, buscando asegurarse quedar bajo la sombrilla poderosa o aspirando a ser, porque como bien decía la publicidad de American Express: pertenecer tiene sus privilegios.
En medio de esta comedia, salimos a celebrar como si nuevamente hubiésemos ganado el Campeonato Mundial de Fútbol porque el presidente de EE. UU., Donald Trump, tiró una frase a media lengua en una entrevista inglesa poniendo en duda el paraguas militar a Londres. ¡Hay que ser ingenuos!
Confiar en la "palabra" de Trump, o en sus medias palabras que valen todavía menos, es salir a jugar a la ruleta rusa con una pistola prestada. Recordemos que en casi 40 oportunidades manifestó el fin de la guerra con Irán.
Trump no es nuestro amigo: lo es de Mauricio Macri, quizás lo sea del presidente Milei, y dudo que le quite el sueño el reclamo casi eterno de nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas. Es un empresario exitoso y muy audaz que usó nuestra causa para “decirles” a los británicos que tienen una factura pendiente por no mandar buques al Golfo Pérsico.
Apoyar la política exterior argentina en el buen humor de un millonario neoyorquino que hoy te da un guiño y mañana sólo Dios sabe, y que además no nos dijo nada concreto públicamente, es realmente de una torpeza gigante.
Nuestros mayores decían que no hay que comer el asado antes de matar a la vaca; significa que no debés celebrar el éxito ni hacer planes basados en un resultado antes de que este se concrete por completo.
Para colmo, faltan meses para las elecciones en Estados Unidos. ¿Y si los demócratas le dan un susto a los republicanos en las urnas y ganan terreno? Nos vamos a quedar colgados del pincel, más perdidos que Adán en el Día de la Madre.
Recordemos que el presidente Milei ya se encargó de bardear y descalificar a los demócratas norteamericanos, a los brasileños, a los españoles y a medio planeta. En ese tablero, si la cosa se llega a poner fea de verdad o necesitamos un miserable voto en la ONU, ¿a quién le vamos a ir a pedir auxilio? ¿A los que puteamos por Twitter?
En abril del 82, cuando el país entero estaba borracho de triunfo trucho, el muy lúcido Raúl Alfonsín fue uno de los poquísimos tipos con los pantalones bien puestos para decir que aquello era una locura militarista y negarse a subirse al avión del circo.
Se comió la puteada de todos, pero tenía razón. Supo ver la vaca a tiempo porque no estaba borracho de entusiasmo.
Hoy nos hace falta esa misma lucidez de barrio, esa desconfianza sana del que sabe cómo terminan los relatos cuando los manejan los que se creen iluminados, los que tienen el don de ser los escribas del Poder.
La soberanía sobre las islas y nuestros mares se defiende con inteligencia, con leyes duras y con la cabeza fría. No necesitamos cada día un espectáculo nuevo, no necesitamos fanáticos que se pasen de rosca ni improvisados que jueguen a la guerra desde un canal de noticias.
Creo que está llegando el momento de parar la pelota, levantar la cabeza y mirar bien a quién darle el pase antes de tirarla a la bartola.
La leche ya nos quemó una vez y los platos rotos siempre los pagamos los mismos. Al primer mugido de la vaca, a los que tenemos memoria nos toca gritar: "paren la mano y piensen".
Edmundo "Mundy" Fuster
Consultor y Columnista de Opinión
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