La muerte de Vanessa Rial volvió a conmover a La Plata y reabrió el recuerdo de una de las historias más estremecedoras de violencia de género registradas en la ciudad.
La abogada, que se transformó en un símbolo de resiliencia tras sobrevivir a un brutal secuestro y conseguir una condena ejemplar para su agresor, tenía 50 años y llevaba varios días internada por una neumonía bilateral que se agravó tras sufrir un accidente cerebrovascular.
El caso que conmocionó a La Plata: cautiverio, torturas y un rescate clave
Su historia había comenzado a cambiar para siempre en julio de 2013, cuando conoció a Jorge Martínez Poch, conocido como “El Conde”. Lo que parecía el inicio de una relación sentimental derivó rápidamente en una pesadilla.
Durante dos meses permaneció secuestrada en una casa de La Plata, donde sufrió golpizas, abusos sexuales, amenazas y torturas psicológicas.
Incluso fue obligada a consumir alcohol y medicamentos que anulaban su voluntad, mientras su agresor maquillaba sus heridas para ocultar las marcas de la violencia.
Recién en septiembre de ese año, gracias a la preocupación de su padre por su desaparición y a las denuncias de vecinos que escucharon gritos en la casa del reconocido DJ, Vanessa fue rescatada.
La Justicia ordenó un allanamiento, logró liberarla y detuvo al agresor. Finalmente, el 31 de agosto de 2016, el Tribunal Oral en lo Criminal Nº 1 de La Plata condenó a Martínez Poch a 37 años de prisión.
Tras la sentencia, Vanessa expresó: “Fue un fallo ejemplar. Hoy es el día más feliz de mi vida. Hoy voy a empezar a vivir. Gracias a la sentencia no va a lastimar a ninguna mujer más. Ahora, a mí me arruinó la vida. Es simple“.
Su compromiso con la defensa de mujeres y las secuelas del horror
Después de aquel juicio histórico, Rial intentó reconstruir su vida y eligió acompañar a otras mujeres que atravesaban situaciones similares.
Como abogada, integró el equipo de la Municipalidad de La Plata dedicado a la asistencia de víctimas de violencia de género, aportando su experiencia personal para ayudar a quienes más lo necesitaban.
Sin embargo, las secuelas del horror nunca desaparecieron. Quienes compartieron sus últimos años aseguran que el daño físico y emocional provocado por el cautiverio la acompañó hasta el final de sus días.
A ese peso se sumó una realidad económica cada vez más difícil: sin casa propia, tuvo que vivir en paradores y pensiones, mientras intentaba seguir adelante con una vida marcada por el trauma. TN
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