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Adoptaron a seis hermanos y quieren que su historia inspire a otras familias

27/05/2019 | 

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Un rumor de risas y voces infantiles se escucha apenas se traspasa la puerta de calle. Parece un aula de primaria cuando no está la maestra. Pero basta pisar el último peldaño de la escalera que conduce al piso donde viven los Figueroa Posse para que todos callen. Hay visitas. Juan David, de 13; Luis Fernando, de 11; Oscar Roberto, de 10; Agustín de 7; y Benjamín Samuel, de 5 dejan lo que están haciendo (se preparaban para ir a la escuela) y vienen a saludar con un beso. Sonríen. Jesús Mauricio, de 14 años llega en ese momento del colegio.

“¡Estás descalzo!”. Virginia corre hacia su hijo. Pícaro y mimoso, Benja se deja alzar y se ciñe a su cintura con las piernas. “Este es mi chiquito”. Él se ríe mientras su mami le besa el cachete. Benja tenía tres cuando llegó con sus hermanos a su nuevo hogar, en guarda legal con fines de adopción, el 20 de diciembre de 2016. No conocían demasiado a Virginia Posse, médica generalista de 45 años, ni a su marido, Matías Figueroa, productor agropecuario, de 37, pero sabían que querían permanecer juntos.

“El plan B era adoptar. Nos dimos cuenta de que ese tendría que haber sido el A”, concluye con humor Matías. “Como muchas parejas, nos habíamos anotado para adoptar chicos de entre 0 y cinco años, pero cuando nos enteramos de que había más disponibilidad de chicos grandes, decidimos cambiar de cinco a 10”, aporta su mujer. “La edad nunca fue impedimento para nosotros. Un hijo es un hijo a cualquier edad. No nos importaba si era rubio o morocho, sano o enfermo, porque la vida te manda los hijos sin preguntarte nada”, reflexiona.

Virginia sabe bien lo que dice. Antes de conocer a Matías, tuvo su primer hijo a los 20 años (hoy, de 24) y después fue mamá por segunda vez, de Guillermo, que murió a los cuatro años, de leucemia. Sobre la repisa hay un portarretrato con la foto de su “primer angelito en el cielo”.

“Mucha gente tiene miedo de adoptar adolescentes, pero en mi caso fue una bendición. Jesús (el mayor de los chicos) nos ayudó mucho en el proceso de adaptación. Era tan responsable que le teníamos que recordar que ya no tenía que preocuparse por sus hermanos. Él estaba atento a si los chicos molestaban o gritaban; tenía un gran nivel de estrés. Le decíamos ‘ya está, Jesús, vos dedicate a jugar, a hacer tus cosas. Estás en tu casa, aquí están papá y mamá para hacerse cargo de todo. Le devolvimos su niñez... Tenía que volver a ser niño”, cuenta Matías.

“Las familias no deben tener miedo, porque un chico grande es el principal interesado en que todo funcione bien. Es una ayuda y colabora voluntariamente porque él pasó mucho tiempo soñando con tener una familia”, agrega Virginia.

Pero no todos los hijos son iguales. Juan, el del medio, era más rebelde. Él todavía tenía la ilusión de que volviera su mamá. Pero con el tiempo se fue dejando seducir por el ambiente familiar y por la alegría de tener a todos los hermanos juntos.

Durante dos años y medio los chicos estuvieron repartidos entre la Sala Cuna y el hogar Eva Perón. “El que más luchó para que vivieran juntos fue Jesús. Él hasta llegó a rechazar una audiencia de una jueza porque sabía que los iban a separar”, dice Matías. “De hecho, los habían dividido en tres grupos de dos niños. A nosotros nos tocaba el de Oscar y Luis, pero pensamos que era una aberración que se separaran y al día siguiente dijimos ‘nos quedamos con los seis’”, añade Virginia. Tiempo después, conversando en la misma mesa donde comen los ocho todos los días, Jesús les confesaría que él rezaba cada noche para que los adoptaran a los seis juntos.


“Hermoso, pero no fácil”

“No te voy a mentir. Fue difícil, pero hermoso, como todas las cosas que cuestan y son bendecidas por Dios. Mis amigas me ayudaban, cocinaban para nosotros. Había que adecuar toda la casa. Nos costó en lo organizativo y en lo económico, pero en lo demás es maravilloso”, dice Virginia.

También hubo momentos duros. “¿Viste cuando los chicos buscan de dónde te van a agarrar para conseguir lo que quieren? Alguna vez hubo que enfrentar un ‘vos no sos mi mamá’ cuando los obligábamos a bañarse, o un ‘me quiero ir’. Cuando eso ocurría le decía ‘¿ah si? Bueno, ya arman el bolso que los llevo al hogar’”, recuerda Matías. “Nunca más insistieron en el tema”.

Fue todo un proceso. Al principio no se animaban a llamarlos mamá y papá. Estaban acostumbrados al “profe” del hogar. “Ustedes llámennos como quieran”, les decían. A medida que se iban conociendo del “profe” pasaron a los nombres - Virginia y Matías- hasta que un día Benja razonó: “pero si vos sos mi mamá ¿por qué no te digo mamá?”. Ese mismo día estrenó la palabra. Después se fueron de vacaciones a Catamarca y volvieron todos llamándolos mamá y papá.

“Nosotros respetamos sus tiempos. Hoy te puedo decir que a mis seis hijos los amo como a mi hijo biológico, sin diferencias. Creo que si no hubiera decidido ser mamá de esta manera, me hubiera arrepentido toda la vida”.

Llevan dos años y medio juntos, y parece que se aman desde siempre. Benja es el primero en advertirlo. Todavía tenía tres años cuando con cara muy seria le dijo a su mamá: “má, por qué te has tardado tanto en venir a buscarme a la Sala Cuna. ¿No sabías que yo te estaba esperando?”.
 
Fuente: www.lagaceta.com.ar



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