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Sexo, drogas y descontrol: la vida de la creadora del corpiño

09/02/2019 | 

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A los 19 años, Caresse Crosby, nacida Mary Phelps Jacob el 20 de abril de 1891, en Nueva York, inventó una prenda que sería símbolo de libertad y luego de opresión: el corpiño. Los españoles le dicen sujetador, justificando su mala fama. 
 
Pero nació, hace más de un siglo, como rebelión contra el corsé, dispositivo –hoy usado para el fetichismo y los problemas de columna– que embutía a las mujeres, sobre todo a las de alta sociedad, como Polly Jacob. Corría 1910. Ella, de familia aristocrática y puritana, se preparaba para una fiesta. Cansada de estructuras, le pidió a una mucama dos pañuelos de tela, cinta rosa, aguja, hilo y alfileres. Aquella noche bailó suelta, y divulgó entre sus amigas por qué. No era el único corsé que dejaría atrás en su vida.
 
El 12 de febrero de 1915, cuando ya había convertido al corpiño en una prenda similar a la actual, Polly pidió el patentamiento. En noviembre, se lo concedieron, bajo el nombre de “sujetador sin respaldo”. Pocos años después, le vendería esa patente a The Warner Brothers Corset Company en... 1.500 dólares. Ustedes dirán: pobre chica, cómo se equivocó. Nosotros retrucaremos que no le interesaba la plata, en parte porque la tenía, en parte porque su deseo era otro: experimentar todos los placeres y todos los vicios, incluidos los más nocivos (qué placer no se vuelve vicio, qué vicio no se vuelve nocivo). Lo hizo. Sus actos fueron rechazados por la moral(ina) de su época. Y, hay que decirlo, algunos de ellos serían condenados por la justicia del siglo XXI.
 
Aquel año del patentamiento, se casó con Richard Peabody, un tipo de la clase alta bostoniana. Tuvieron dos hijos, William y Poleen: acaso el último acto convencional de la creadora del corpiño. En 1917, cansada de que su marido no se hiciera cargo de las obligaciones como padre, dejó que se alistara para defender la frontera de los ataques de Pancho Villa. Y luego, que se fuera a combatir en la Primera Guerra. Ella se mudó con los chicos a la casa de sus suegros, en Boston, donde conoció y empezó a acostarse con otro muchacho aristocrático, Harry Crosby, sobrino de J.P. Morgan, siete años menor, también veterano de la Primera Guerra, a pesar de que apenas superaba los 20.
 
El triángulo amoroso se complicó en tiempos postbélicos. Richard tuvo un regreso sin gloria. Polly notó que sus tres pasiones se habían ahondado: apostar a caballos de carrera, emborracharse con whisky y ver incendios; voyeurismo piromaníaco que lo hacía comunicarse a diario con la estación de bomberos. La pasión de ella era Harry, que le pedía que abandonara a su esposo –internado, al borde del nocaut etílico–, bajo amenaza de suicidarse si no lo hacía. Cartón lleno: la familia Peabody y la propia le echaban en cara a Polly el adulterio.
 
Se separó en febrero de 1922. En marzo, Harry se emborrachó durante seis días seguidos (parece que los abstemios no le interesaban a Polly) y renunció a su trabajo en el Shawmut Bank. Por correspondencia, le pidió a su padre que vendiera acciones suyas y le enviara el dinero. “Decidimos llevar una vida loca y extravagante”, explicó en el telegrama. Y escribió en su diario: “La mayoría de las personas muere de sentido común y descubre, cuando es demasiado tarde, que lo único que uno no lamenta son sus errores”. Polly vendió la licencia de los corpiños; Harry se dispuso a vivir y morir sin sentido común. Se fueron a París.
 
Se integraron a la bohemia parisina con desenfreno hedonista. Experimentaron con drogas –cocaína y hachís, por el momento–, con el pluralismo sexual –pareja abierta– y con amplias variantes del sibaritismo. Se hicieron habitués de fiestas sofisticadas, y después las organizaron. En una, Harry apareció en sunga roja, con un collar de palomas muertas y una bolsa con serpientes (lo que para arriba es excéntrico/ para abajo es estupidez); y ella, montada sobre un elefante, peluca turquesa, camisa transparente sin nada abajo. Adiós corpiño. En otras festicholas, dadas por ellos en su residencia de Ile Saint-Louis, pleno Sena, los invitados vestían pijamas de seda, pasaban por la bañera con champagne y por la transitada cama de los anfitriones.
 
Obsesionado con lo esotérico, Harry se hizo tatuajes siniestros y convenció a Polly de que se cambiara el nombre. Barajaron Clytoris, como finalmente bautizaron a su perra whippet, pero optaron por Caresse. Caresse Crosby. Compraron caballos de carrera. Probaron opio en el norte de Africa. Viajaron. Pasaron del triángulo a las figuras sexuales poliédricas (llegaron a convencer a un joven Henri Cartier-Bresson de que se acostara con Caresse, por el bien de los tres). Derraparon al incluir a menores en sus orgías: por caso, en Marruecos, a una bailarina de 13 años llamada Zora.
 
También se dedicaron al arte. Publicaron libros de poesía juntos. Crearon un sello, Black Sun Press, en el que editaron a James Joyce, DH. Lawrence, Ezra Pound y otros grandes nacidos en el siglo XIX. El futuro no les preocupaba. No había razón: habían pactado suicidarse el 31 de octubre de 1942, lanzándose de un avión sin paracaídas. Pero algo falló: Harry se adelantó. En 1929, año en que volvieron a los Estados Unidos, apareció muerto en un hotel junto a una amante: él tenía, 34; ella, 20; ambos, un balazo en la sien. Harry llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo. Había escrito: “Uno no está enamorado a menos que desee morir con el otro. Sólo hay felicidad en amar y ser amado”.
 
Caresse siguió editando con buen gusto: William Faulkner, Dorothy Parker, Henry Miller. A Miller lo conoció cuando acababan de censurarle Trópico de Cáncer. Le ofreció que se quedara en su departamento de la Quinta Avenida, una de sus propiedades, visitada por Dalí y Gala, entre otros artistas. Miller vivía de textos pornográficos que escribía para un petrolero de Oklahoma. Cobraba por página. En algún momento, decidió recorrer los Estados Unidos en auto y le pasó su trabajo a Caresse, que colmó las expectativas del lector onanista con un estilo directo, elogiado por Anais Nin –que de esto sabía– en sus diarios.
 
Tras un matrimonio con un alcohólico y otro con un suicida u homicida o ambas cosas, Caresse fue por más. Se casó con Selbert Saffold Young, aspirante a actor, desocupado, bebedor compulsivo, dieciocho años menor que ella, interesado en su cuenta bancaria. Hacia 1941, divorciada otra vez, se mudó a Washington, donde abrió una galería de arte, y reincidió, esta vez sin papeles, con Canada Lee, actor y boxeador negro, con el que estuvo hasta mediados de los ‘40. Al final de la Segunda Guerra, se separó. Entre otras actividades militantes, fundó la organización Women Against War (Mujeres contra la guerra).
 
En 1949 compró un castillo medieval de 180 habitaciones al norte de Roma, se autoproclamó Princesa de Rocca Sinibalda y tomó la costumbre de hacerse llevar a pulso en una silla-litera, estilo Roma Antigua. Rocca Sinibalda se convirtió en un templo de artistas, como Caresse lo recordó en 1953, en su autobiografía The Passionate Years. Sobrina de Richard Fulton, inventor del barco a vapor, también destacó: “No puedo decir que algún día el corpiño vaya a ocupar un lugar tan grande, pero lo inventé yo”.
 
Desde entonces, viajó a uno y otro lado del Atlántico, hasta que vendió el castillo, a final de los años ‘60, cuando el corpiño era símbolo de represión, pero la vida de Caresse –como hemos visto–no. Murió el 24 de enero de 1970 en Roma, por una neumonía, 28 años después de lo pactado con su segundo marido. Tenía 78. Su lema había sido: “Siempre sí, Caresse”.
 
 
 
Fuente: www.clarin.com



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