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Salud

Era fanática del gimnasio y ahora alerta: "El ejercicio casi me mata"

11/01/2019 | 

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Tina Matin era una mujer proactiva que hacia deporte rutinariamente. En marzo de 2016 logró terminar la media maratón de Nueva York, tras la cual continuó entrenando todos los días. Estaba en uno de sus mejores estados físicos, entonces decidió aumentar la intensidad de su entrenamiento con una nueva instructora que trabajaba en el gimnasio de lujo donde hacía ejercicio.
 
Matin compartió lo que ocurrió después con la periodista Mirel Ketchiff, editora de la sección de salud de la revista Shape.
 
Esta es su historia, en primera persona:
 
Hago ejercicio, diría yo, cuatro o cinco días a la semana por lo menos. Por lo general corro entre 30 y 50 kilómetros semanalmente, pero también hago barre, yoga y trato de tomarme un día de reposo. Así que no todo es súper duro.
 
Corrí la Media Maratón de Nueva York en marzo de 2016, y después, iba al gimnasio todos los días. Tenía muy buen estado físico, pero le dije a una nueva entrenadora con la que estaba a punto de empezar a entrenar que me sentía como si me hubiera estancado un poco, y que mi objetivo era llegar al siguiente nivel y tal vez adelgazar un poco también.
 
En abril, tuvimos nuestra primera sesión, un entrenamiento de cuerpo completo, que mi gimnasio ofreció gratuitamente como beneficio. No siempre hago ejercicio con un entrenador. Lo hice antes de mi matrimonio, sin embargo, y a veces sentía que ese entrenador no me estaba exigiendo lo suficiente; era mucho trabajo de zona media y de fuerza, es decir, sólo movimientos muy controlados.
 
Lo que era diferente de este entrenamiento era que sentía que estaba perdiendo el control. He hecho ejercicio antes por mi cuenta, en clases y con entrenadores, y sé lo que es ejercitar con la forma apropiada. Pero en algunos de estos ejercicios, especialmente en las dominadas negativas que ella me hacía hacer (en los que saltas de una caja o subes del suelo a la parte superior de una dominada y bajas lentamente), me sentía como si estuviera cayendo demasiado fuerte o simplemente perdiendo el movimiento lento y controlado al que estaba acostumbrada. Estaba saltando y sujetándome de la barra, pero en lugar de volver a bajar, me estaba desplomando hacia abajo, una y otra vez. Sentía que me estaba impactando, impactando mi cuerpo.
 
Y recuerdo que le dije a esta instructora: "Estoy fracasando". Estaba sufriendo un fallo muscular, ese punto en el que mis brazos temblaban y estaba literalmente colapsando una y otra vez. Pero ella decía, supongo que para motivarme, "¡Uno más, dos más, puedes hacerlo!" Así que seguí adelante. Estaba motivada y mi entrenadora de pie a mi lado alentándome: no quería abandonar en medio de un gimnasio delante de todo el mundo.
 
Dentro de las siguientes dos o tres horas, estaba en el trabajo y me sentía realmente dolorida. Fue un dolor muy intenso, del tipo que suele aparecer uno o dos días después de hacer ejercicio, pero en esta ocasión ocurrió a las dos o tres horas después de la sesión. Me sentía ridículamente adolorida y ni siquiera podía abrir las puertas pesadas del trabajo; no podía extender o doblar los brazos completamente. Le envié un mensaje a mi entrenadora y le dije: "Me duelen mucho los brazos, se sienten como si fueran fideos". Ella me dijo: "Hiciste un gran trabajo, estarás mejor en uno o dos días".
 
Así que seguí con mi día y pensé: "Tal vez no he hecho mucho trabajo en la parte superior del cuerpo últimamente". Pero creo que fue una de las primeras señales de advertencia, haber estado tan adolorida en tan poco tiempo y haber perdido capacidad de movimiento.
 
Al día siguiente era sábado, y todavía estaba muy dolorida. Pero salí a correr ese día de todas maneras porque a veces eso me ayuda a relajarme un poco. Terminé de correr, pero igualmente sentí un dolor agudo en mis brazos, hombros, pecho y en la parte superior de la espalda también.
 
Esa noche salí y mientras me preparaba, me puse un suéter recortado que era unas pulgadas más corta de lo que debería haber sido, hasta el punto de que pensé que la tintorería podría haberla encogido, hasta que recordé que aún no la había llevado a la tintorería. Ese fue la segunda alarma roja: obviamente estaba en esa etapa de hinchazón, pero yo pensaba que mi ropa se estaba achicando.
 
Esa noche tomé un poco de vino y un cóctel durante la cena, tal vez cuatro o cinco tragos en el transcurso de seis o siete horas. Al día siguiente almorcé con un amigo y todavía no podía enderezar o doblar los brazos, ya dos días después del entrenamiento. De regreso a casa me cambié de ropa, y fue entonces cuando me miré al espejo y pensé: "Dios mío". Me parecía al Hombre Michelin.



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