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Tiene 11 años y pasó su vida durmiendo con una asesina serial

06/12/2017 | 

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Meena tuvo varicela, sarampión y paperas en la cárcel. Nació allí, la amamantaron y la destetaron allí. Ahora, con 11 años, ha pasado toda su vida en prisión y probablemente también pase allí el resto de su infancia. La nena nunca cometió un delito pero su madre, Shirin Gul, fue condenada a cadena perpetua como asesina serial y, conforme a la política carcelaria de Afganistán, puede tener consigo a su hija hasta que cumpla 18 años.
 
Meena incluso fue concebida en la cárcel y nunca ha salido, ni siquiera para realizar una breve visita. Nunca ha visto un televisor, dijo, y no tiene idea de cómo es el mundo que está al otro lado de los muros.
 
Su situación es extrema pero no única. En el pabellón de mujeres de la prisión provincial de Nangarhar en esta ciudad, es parte de un grupo de 36 chicos encarcelados con sus madres, entre 42 mujeres en total. Pero ninguno de los otros niños ha pasado tanto tiempo encerrado; las sentencias de las otras madres eran mucho más cortas.
 
Encerrar a los niños pequeños con su madre es una práctica común en Afganistán, en especial cuando no hay otros familiares cercanos o el padre está ausente o alejado. Los defensores de menores calculan que hay cientos de niños afganos encarcelados cuyo único delito es tener una madre condenada. Existe un programa que dirige orfanatos para niños cuyas madres están en la cárcel pero las mujeres deben aceptar ser separadas de sus hijos y el programa no abarca muchas zonas de Afganistán, incluida Jalalabad.
 
En la prisión de Meena, las celdas de mujeres están dispuestas alrededor de un amplio patio donde dan sombra unas moreras y los niños tienen rienda suelta. Hay un conjunto improvisado y oxidado de hamacas, trepadoras y toboganes que terminan en charcos de barro.
 
En una de las celdas hay un aula con una pizarra blanca y una mezcla de bancos y sillas donde se sientan 16 niños en ocho pupitres. Una sola maestra se ocupa de tres grados, primero a tercero, una hora por día para cada grado. A los 11 años, Meena recién llegó a segundo grado.
 
Cuando conocí a Meena, se sentó apretando una bolsa plástica amarilla bajo su chal. “He pasado toda mi vida en esta prisión”, me dijo el mes pasado durante una tensa entrevista en el pabellón de mujeres. “Sí, ojalá pudiera salir. Quiero irme de aquí y vivir afuera con mi madre, pero no me voy a ir sin ella”.
 
Meena hablaba con voz suave. Es tranquila y educada, con una cara redonda de querubín enmarcada por un hijab pudorosamente extendido. Su madre fumaba un cigarrillo tras otro, era descarada y directa y tenía tatuajes en un país donde estos son considerados antirreligiosos. Su velo torcido dejaba ver un cabello con vetas de henna.
 
“¿Cómo cree que se siente ella?” dijo Gul, impaciente ante lo que le parecían preguntas estúpidas. “Esto es una cárcel, ¿cómo se va a sentir? Una cárcel es una cárcel, aun cuando sea el cielo”.
 
La pregunta de por qué Gul no dejaba que su hija se fuera enfureció a su madre aún más. Se embarcó en una diatriba contra el presidente afgano. “Usted, Sr. América, dígale al ciego de Ashraf Ghani, su títere, su esclavo, dígale que me saque de aquí”, dijo. “No cometí ningún delito. Mi único error fue que le hacía la comida a un marido que cometió un delito”.
 
El hombre al que llama marido, Rahmatullah (nunca estuvieron casados legalmente), fue condenado junto con el hijo de Gul, su cuñado, un tío y un sobrino por su participación en el asesinato y robo de 27 hombres afganos entre 2001 y 2004. Los fiscales afganos dijeron que Gul era la jefa de la banda.
 
Trabajando de prostituta, Gul llevaba a su casa a los clientes, muchos de ellos taxistas, y les daba kebabs con narcóticos, después de lo cual los miembros de su familia los robaban, los mataban y los enterraban en el patio de las dos casas familiares. Los seis fueron sentenciados a muerte y los cinco hombres murieron en la horca. Gul, sin embargo, quedó embarazada estando en el corredor de la muerte y su ahorcamiento fue pospuesto. Después de dar a luz a Meena, su sentencia fue conmutada a cadena perpetua por el presidente de aquel momento, Hamid Karzai, según el teniente coronel Mohammad Asif, director del bloque de celdas de mujeres de la prisión.
 
Gul primero dijo que nunca había confesado los crímenes y después que los había confesado bajo tortura. Frustrada, arañó una mesa y bufó: “Te voy a matar. Voy a ir hasta ahí y te voy a arrancar los ojos”.
 
Meena le tocó suavemente un hombro para tratar de calmarla, se puso el índice sobre los labios y dijo: “Shh”. La madre se sosegó por un momento.
 
La chica todavía sostenía la bolsa de plástico amarillo; adentro había un paquete envuelto en un repasador rojo y blanco cuidadosamente doblado.
 
“¿Qué hay ahí adentro?” le pregunté.
 
“Fotos de mi papá”.
 
Las desenvolvió con orgullo para mostrarlas. Meena y su madre rara vez reciben visitas y nunca de familiares o amigos, ya que todos están muertos o se han alejado. Una de las razones de que Meena siga tras las rejas es que no tiene parientes vivos que puedan hacerse cargo de ella, aun cuando su madre lo permitiera.
 
O como explicó Gul: “Tengo muchos enemigos. No confiaría en nadie para que se llevara a Meena al exterior”.
 
Las fotos eran de Rahmatullah, a quien Meena llama padre: retratos, instantáneas de vacaciones, fotos de él con Gul.
 
Rahmatullah (quien al igual que muchos afganos solo tiene un nombre) también fue condenado por matar al marido legal de Gul, un coronel de policía, cuando Gul y Rahmatullah tenían un amorío. El cuerpo del coronel fue uno de los que se encontraron enterrados en el patio de las casas familiares en 2004. Rahmatullah también era un pedófilo convicto, un ladrón y un presunto ex comandante talibán.
 
Sin embargo, lo que es casi seguro es que no fue el padre biológico de Meena; las fechas no concuerdan. Él ya estaba en prisión cuando implicó a Gul en los asesinatos y ambos estaban en cárceles de distintas ciudades en el momento de la concepción de Meena. Los funcionarios afganos dicen que un guardia desconocido de la prisión fue el padre biológico de Meena, y los funcionarios acusan a Gul de embarazarse a propósito para evitar la horca.
 
Meena revisó una por una las fotografías, demorándose en algunas, como dos de Rahmatullah muerto, después de su ahorcamiento, vestido con una mortaja para su entierro pero con el rostro visible; algo no lindo de ver.
 
En una entrevista de 2015 con The New York Times, Gul reconoció que ella y Rahmatullah habían matado juntos a su marido.
 
Cuando hablé con ella lo negó. “Todo fue culpa de Rahmatullah”, dijo Gul. “Yo no estaría aquí de no haber sido por él. Deberían ejecutarme, entonces Meena me lloraría un día y luego esto se terminaría. En cambio, soy yo quien llora todos los días; es una muerte lenta, morir todo el tiempo”.
 
En sus momentos más tranquilos, Gul tenía un mensaje sencillo y escalofriante que transmitir: Meena merece la libertad, pero no la obtendrá salvo que su madre también sea libre.
 
“¡Díganle eso a Ashraf Ghani!”, exigió.
 
Los niños en prisión son un escándalo sin una solución fácil, dicen los activistas. “Si uno no cometió ningún delito, no deberían castigarlo, y esos niños no cometieron delito alguno”, señaló Bashir Ahmad Basharat, director de Child Protection Action Network, un organismo cuasigubernamental.
 
Mantener a los niños en prisión viola las normas internacionales y las leyes afganas, dijo Basharat, pese a que la práctica sea tan generalizada. “Pero es algo en lo que no tenemos otras alternativas”.
 
Las aproximadamente 30 cárceles de mujeres del país tienen varios cientos de niños que acompañan a sus madres, informó. El pabellón femenino de la cárcel de Pul-e-Charkhi en Kabul ahora tiene 41 chicos menores de 5 años. Dentro de las cárceles afganas, la de mujeres de Nangarhar parecía comparativamente menos superpoblada y mejor mantenida. Los 36 niños que había allí el día de mi visita tenían una edad que iba de los tres días a los 11 años; Meena era la mayor.
 
Las mujeres y sus hijos comparten diez celdas relativamente amplias con dos cuchetas cada una, de modo que muchas duermen en colchones en el piso. Sólo el complejo estaba cerrado con llave, pero no las celdas individuales, de modo que no parecía una prisión, fuera de los grandes portones de acero que daban al exterior y las vueltas de alambre de púas que coronaban los muros dobles del perímetro.
 
"Deme algo de dinero"
 
Meena se quedó sentada impasible mientras su madre lanzaba sus parrafadas, a veces con una leve y dulce sonrisa. Se animó más cuando habló de su mejor amiga, Salma, de 10 años. Dijo que el pasatiempo predilecto de ambas era jugar a las muñecas.
 
“¿Muñecas?”, chilló su madre ante un periodista afgano. “¿Este estúpido pregunta por sus muñecas? A estos extranjeros sólo les interesan cosas infantiles”.
 
Meena dijo que ella y Salma creaban sus propias muñecas, llamadas Mursal y Shakila, con trozos de tela y piolines. “Las dos son nenas”, agregó.
 
Esto fue demasiado para Gul. “Lo que usted debería hacer, Sr. América, es conseguirle un televisor. Usted vino a visitarme, vino a hablar conmigo. Ni siquiera tenemos un televisor. Yo debería hacer venir a ISIS y que le corte la cabeza”.
 
Cuando llegó la hora de despedirse, Meena le dio la mano cortésmente a todos y después se dirigió al otro lado del patio del brazo de Salma, con su bolsa de plástico amarilla todavía en la mano. Gul, quien para entonces ya se había tranquilizado, también dio la mano con cortesía, pero su mirada seguía siendo desafiante y audaz. “Denme algo de dinero”, dijo. 
 
Fuente: www.clarin.com



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